• 13/03/2026 00:00

El mundo al borde de varias guerras de exterminio

En momentos en que la situación mundial de violenta confrontación entre naciones que tradicionalmente se detestan entre sí, se vuelve harto preocupante, por donde se le mire, abordar temas menos relevantes al disponerme a preparar mi artículo de opinión semanal se torna en mi ánimo una carga que no me resulta sencillo mitigar.

En primer lugar por lo poco que manejo este tipo de temas, y también porque por más que investigue y me informé, siempre quedarán inevitables baches de duda o de franca ignorancia –o ambos–, que en términos generales no son propios de mi usual actividad escritural de tantos años enfocada a temas culturales que conozco a fondo.

Pero hay momentos en la vida en que uno no puede ni debe fingir demencia. Y no se vale, en casos extremos como los que vienen ocupando a diario los noticieros estelares, mantenerse neutral; entre otras razones, porque ser neutral es ser indiferente, es no tener sentimientos, es no parecernos viable ningún camino hacia la paz. Y si tal fuera el caso, cerremos los ojos a la realidad y dispongámonos, en cualquier momento, al inicio de las primeras devastaciones nucleares...

Sin duda hay ancestrales odios históricos, raciales y religiosos que no es posible borrar ni con la menor buena voluntad, y mucho menos cuando de lado y lado hay dirigentes centrados en obsesiones perversas que mucho tienen que ver con la obsesiva necesidad de dominio hegemónico sobre los demás, tanto en el aspecto militar como en el político y económico.

Visto así, ni el primer ministro israelí Netanyahu ni sus seguidores de extrema derecha son precisamente unas peritas en dulce, ni los fanáticos ayatolás persas monjitas de la caridad. Tampoco el obsesivo narcisista que hoy ocupa el poder en la gran nación fundada por Washington, Lincoln y Jefferson es, ni mucho menos, un San Judas Tadeo por la admirable humildad de sus buenas acciones.

Todo este largo preámbulo para decir que la maldad, la crueldad, la explotación a los menos aptos, son y serán siempre despreciables vicios que no merecen perdón. No importa de qué espectro ideológico o político vengan. Pero al mismo tiempo, si bien es más que comprensible que la agresión genere una similar respuesta, actuar por ello como si quien se defiende sea Dios mismo encarnado llegando a extremos de crueldad inenarrable, no remedia nada.

Y, sin embargo, ¿cómo negar que precisamente este tipo de proceder ha sido siempre una de las grandes afrentas que ha padecido la humanidad en no pocos momentos claves de la historia? Y si eso es así, ¿por qué sorprendernos hoy cuando la historia de la gran Historia en más de un sentido se repite?

¿Cómo no recordar los infames hornos crematorios nazis ni los miles de miles de expatriados rusos en el Gulag soviético que habría de denunciar en su momento el muy célebre escritor Alexander Solzhenitsyn (1918-2008), Premio Nobel de Literatura 1970, en sus célebres novelas prohibidas por aquel régimen totalitario, sobre todo en su “Archipiélago de Gulag” (Francia, 1973) ?

Se dirá que lo anterior nada tiene que ver con las múltiples guerras que laceran la dignidad del mundo actualmente en sitios como Ucrania bajo la constante agresión rusa y como el violento enfrentamiento que se está dando entre Israel –con total respaldo militar norteamericano–, y tanto el radicalismo iraní como el terrorismo islámico representado por varias facciones aposentadas en otras naciones árabes de la región que más que sus benefactores son en realidad sus rehenes...

Pero no es cierto: hay mucha relación, sólo que está enraizada más bien en el pasado, mucho más que en un presente fraguado por un odio renovado, la intriga política y los intereses económicos que suelen operar tras bastidores de lado y lado; aunque también eso. Lamentablemente, no hay mucho que pueda hacerse frente al odio cuando éste es ancestral y se sigue alimentando de transfusiones diarias de más odio, elevado a su máxima potencia...

Y cuando a quienes lideran actualmente a Israel, a Irán y a los Estados Unidos los ciega más un obsesivo afán de exhibicionismo enraizado en el poder, que una visión cauterizadora de ancestrales odios fraguados originalmente en la noche de la Historia, es muy poco lo que se puede hacer para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Lo mismo digo de la obsesión de Putin con arrebatarle soberanía a la sufrida Ucrania...

La realidad nos hace sentir pesimistas: ni siquiera las Naciones Unidas, con su poder usual de convocatoria a ratos, de disuasión otras, ha podido cambiar un ápice ninguna de esas dos guerras en proceso. Es como si impávidos miraran los toros desde la barrera.

Y, obviamente, preocupa sobremanera el instrumental nuclear que hoy en día poseen las partes en conflicto, ya que los excesos que los guían fácilmente pueden derivar en un enfrentamiento fatal, ya sea accidentalmente o no. Lo cual no sólo arrastraría a otras naciones a participar por solidaridad sino que, en la práctica, significaría el inevitable, catastrófico inicio de la tercera guerra mundial.

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
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