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- 01/05/2026 00:00
La vida no sólo es lo que se percibe y siente, sino a menudo lo que imaginamos. Igual ocurre tanto con los sueños como en los raptos de ensueño: a veces la fuerza de su realidad conmociona tanto o más que cualquier suceso cotidiano, al grado de ser capaz de transformar vivencias en un puñado de dudas o en un repertorio complejo de temores que podrían parecer certezas.
Para quienes escribimos, es como si un virtual mecanismo de relojería maniobrara tras bastidores para ejercer su hegemonía buscando la mayor perfección temática y formal posible, la máxima concreción, pero sin que falte nada esencial. A veces el resultado podría ser algo así como la crónica de un instante, parafraseando al destacado escritor mexicano Salvador Elizondo.
Escribir es, en más de un sentido, sacarse conejos del sombrero y ases de la manga, lo cual en realidad significa lograr que el alma misma sea capaz, bajo presión emotiva o intelectual, de parir situaciones, atmósferas, tramas o personajes que, más allá del aparente artificio de una imaginación desatada, terminen por conectarnos con la vida misma y sus múltiples posibilidades. Y es que el escritor, como todo artista de talento, es un ser cuya sensibilidad extrema es capaz de afinarle de tal forma la mirada, que como resultado reproduce en sus obras una visión singular, profunda, del mundo y sus avatares.
Escribir es descubrir, descubrirse uno. Pero en seguida ser capaz de dar un salto cualitativo e ir más allá de lo propio, de la realidad real; ser en otros. Ser el otro. Como un buen actor en escena. De tal manera que la verosimilitud de la historia creada sea su propio norte, su incuestionable sustento. Y en ello intervienen múltiples factores: una trama interesante que se sostenga en el tiempo; una atmósfera particular y personajes que resulten de algún modo singulares. Además del manejo de un lenguaje fluido, pero al mismo tiempo incuestionable por su precisión y acierto.
Todo lo que existe o lograra llegar a existir puede ser motivo de una narración interesante en la que es posible relatar desde la vida aparentemente estática de una roca varada en el camino, hasta los intríngulis más enrevesados de la mente oscilante de un sicópata. Desde la fascinación avasalladora de una mirada que se nos entra al alma como un puñal de miel, hasta ese instante agónico en que alguien abrumado por la vida se pega un tiro. No hay fórmula mágica para lograr ser un buen escritor, salvo poseer una alta dosis de sensibilidad, disciplina y perseverancia.
Cuando de escribir se trata, resulta indudable que la realidad es todo lo que vivimos o nos vive: situaciones, ambientes, hechos, lugares, otras personas, nosotros mismos. Pero también vectores de lo real: tanto la materia prima de los conflictos, la vehemencia de las emociones, los recuerdos que sangran, los temores, los sueños, como también las muchas cosas que sin remedio imaginamos. Visto así, de todo lo visible e invisible se nutre la creación literaria, como parte de su innata voracidad por comprender, por ser a través del lenguaje. Y es que la escritura, al indagar en el anecdotario humano, inevitablemente lo reproducen, lo interpretan, lo consagran o lo denuncian en cada escena cuando hay autenticidad en lo expresado.
El talento de un autor tiene que ver con cómo asume y maneja su vena artística, y eso a su vez supone una aguda observación, memoria, imaginación, ingenio e intuición al momento de plasmar vivencias –reales o ficticias– mediante un lenguaje innovador capaz de tocar a fondo la sensibilidad del lector. Así, el mérito de un texto eficiente consiste en darle vida a lo que antes no existía fuera de la mente del creador... No hay que olvidar que las palabras denotan o connotan, de ahí que lo que narran, describen o exponen explícitamente o mediante sugerencias tenga siempre diversas opciones de comprensión, siempre y cuando quien crea el texto sepa captar su interés mediante el uso de un lenguaje sugestivo, renovador.
El sentido de lo expresado puede ser tanto literal como simbólico, alegórico o irónico, y esa forma de plasmar la historia en un cuento o en una novela mediante una bien armada trama es lo que suele marcar un determinado estilo de creatividad literaria, lo cual consciente o inconscientemente busca que el lector no sólo viva como propia la experiencia que el texto le entrega, sino que se sienta seducido irremediablemente por su esencia.
Cuando pasan hechos significativos rescatables, situaciones sencillas o complicadas, puede que seamos o no los verdaderos protagonistas. O al menos testigos de lo que le pasa a otros. Y entonces, de una manera u otra, van surgiendo historias. Tristes o alegres, no pocas veces absurdas, algunas quizá realmente interesantes que ameriten ser contadas. ¿Y quiénes cuentan historias? Cualquier persona sensible, observadora e imaginativa. Pero sobre todo nosotros los escritores, profundizando en las vivencias; o en lo que nos faltó vivir, tratando de que suene tan auténtico o más que la realidad verdadera.