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La reunión del Consejo Directivo Nacional del Partido Revolucionario Democrático, celebrada el día 1 de octubre, debe ser entendida más allá de la controversia coyuntural generada por las reformas electorales. Después de un amplio intercambio de posiciones, el partido acordó continuar el análisis de las propuestas mediante una instancia especializada, integrada por miembros del Consejo y profesionales del derecho, para construir una posición colectiva que pueda ser presentada a los organismos correspondientes.
Lo verdaderamente importante del encuentro no es solamente el acuerdo alcanzado, sino la demostración de que las diferencias pueden ser procesadas dentro de los organismos partidarios. Una organización política no deja de ser democrática porque existan contradicciones en su seno. Por el contrario, las contradicciones son naturales en toda organización social viva. Lo fundamental es disponer de mecanismos institucionales para debatirlas, procesarlas y convertirlas en decisiones colectivas. Y ese es precisamente el desafío que enfrenta hoy el PRD.
Mientras el partido debate sus reformas internas, la sociedad panameña también está cambiando. El surgimiento y crecimiento de movimientos independientes constituye una señal que los partidos tradicionales no pueden ignorar. La Coalición Vamos, por ejemplo, logró reunir más de 70 mil firmas en un período muy corto para avanzar en su proceso de constitución como partido político. Más allá de cuál sea su evolución futura, el fenómeno expresa una demanda de nuevos espacios de participación y representación política.
Por eso la pregunta fundamental no puede ser únicamente qué reforma electoral necesita el PRD. Hay que formular una pregunta mucho más profunda: ¿qué partido necesita Panamá en el siglo XXI y qué PRD necesita esa nueva realidad nacional?
El PRD tiene una particularidad histórica que no puede desconocerse. No nació simplemente como una organización electoral creada para competir en una coyuntura. Su origen está vinculado a un proceso histórico de construcción nacional, alimentado por las luchas generacionales por la soberanía, la autodeterminación y la recuperación de nuestros derechos sobre el Canal. De ese proceso surgió el proyecto torrijista y, posteriormente, el Partido Revolucionario Democrático.
Pero, precisamente, por su naturaleza histórica, el PRD no puede quedar atrapado en el pasado. Tampoco el torrijismo puede convertirse en una doctrina congelada en 1968, en 1977, en 1981 o en 1989. Panamá y el mundo cambiaron. Cambiaron la economía, la tecnología, las relaciones internacionales, las formas de participación ciudadana y las demandas sociales. Por ello, el desafío no consiste en abandonar el torrijismo, sino en readecuarlo a las condiciones del país y del mundo. Necesitamos construir un torrijismo del siglo XXI. Eso significa preguntarnos qué significan hoy la soberanía, la autodeterminación, la justicia social, la participación popular, la democracia y el proyecto de nación. Significa pensar qué respuesta debe ofrecer una concepción política torrijista frente a la revolución tecnológica, la inteligencia artificial, la desigualdad, la transformación del trabajo, la globalización y la crisis de confianza que afecta a las instituciones políticas.
El torrijismo del siglo XXI no puede ser nostalgia. Tiene que ser pensamiento. Torrijos interpretó las contradicciones de su tiempo y actuó sobre ellas. La responsabilidad de nuestra generación consiste en hacer lo mismo frente a las contradicciones de nuestro tiempo. No se trata de repetir respuestas construidas para una realidad que ya no existe, sino de recuperar la capacidad de pensar políticamente desde Panamá y para Panamá. Por eso, la renovación del PRD no puede limitarse a modificar procedimientos, estructuras o normas electorales. Tiene que recuperar su capacidad de producir pensamiento, formar políticamente a sus miembros, debatir ideas y construir una nueva propuesta de nación.
En ese sentido, lo ocurrido en el Consejo Directivo Nacional abre una nueva avenida. Las diferencias fueron planteadas, discutidas y finalmente encauzadas mediante decisiones de un organismo colegiado. Se aclararon posiciones y se asumieron compromisos que deberán cumplirse conforme al mandato de las estructuras partidarias. La unidad no significa ausencia de diferencias. Significa tener la madurez política para procesarlas colectivamente.
El PRD no necesita un partido del siglo XX intentando sobrevivir en el siglo XXI. Necesita un PRD del siglo XXI capaz de asumir críticamente su historia, renovar su pensamiento y construir una nueva propuesta nacional. Porque el verdadero desafío no es defender el pasado. Es hacer que una tradición política nacida de la lucha nacional tenga capacidad para producir respuestas frente al futuro. Ese debe ser el reto de un nuevo PRD y de un torrijismo para el siglo XXI.