Los familiares de los presos políticos en Venezuela cumplen este lunes, entre la fe y la impaciencia, la quinta noche de espera de nuevas excarcelaciones...
Desde la infancia aprendemos unas pocas palabras sencillas que, sin saberlo, nos acompañan durante toda la vida y orientan nuestra manera de convivir con los demás. “Gracias”, “por favor”, “con permiso” y “perdón” suelen ser las primeras lecciones de cortesía que recibimos en casa y en la escuela. A ellas se suman los saludos cotidianos —“buenos días”, “buenas tardes”, “buenas noches”, “hasta luego”— que no solo cumplen una función social, sino que reconocen la presencia del otro.
Sin embargo, basta observar con atención la vida diaria para advertir que muchas de estas palabras parecen haberse ido quedando en el camino. En los corredores de la vida —calles, oficinas, centros comerciales, instituciones— las personas se cruzan sin mirarse, sin saludarse, avanzando con prisa o indiferencia, como si quienes las rodean fueran invisibles. No se trata únicamente de una pérdida de buenas maneras, sino de una señal más profunda sobre cómo nos estamos relacionando.
Paradójicamente, vivimos en lo que suele denominarse el siglo del humanismo. Nunca antes se había hablado tanto de derechos humanos, dignidad, inclusión y respeto por la persona. Sin embargo, ese humanismo que proclamamos con tanta convicción no se construye solo a través de discursos, leyes o declaraciones solemnes. Se sostiene, sobre todo, en prácticas cotidianas, en gestos simples que confirman que el otro importa. En ese marco, la sinceridad ocupa un lugar central. La sinceridad es uno de los pilares fundamentales para que la confianza pueda prevalecer entre las personas. Sin ella, las relaciones se vuelven frágiles y superficiales. Cuando la confianza se pierde, los conflictos de relacionamiento se hacen más frecuentes, el diálogo se resiente y la convivencia se vuelve tensa. No es casualidad que muchas fracturas sociales comiencen con la desconfianza.
Asociado de manera directa a la sinceridad se encuentra el respeto. Ambos valores se complementan y se refuerzan mutuamente. El respeto no es una noción abstracta ni un concepto reservado para los grandes debates éticos; es una práctica diaria que se expresa, entre otras formas, en el lenguaje que usamos. Decir o no decir esas “palabritas mágicas” está directamente relacionado con el respeto que otorgamos a la persona que se nos acerca.
Usar “por favor” implica reconocer que no todo nos es debido. Decir “gracias” es admitir que alguien ha tenido una consideración hacia nosotros. Pedir “perdón” supone aceptar que podemos equivocarnos y asumir la responsabilidad de nuestros actos. Decir “con permiso” es respetar el espacio físico y simbólico del otro. Los saludos, por su parte, rompen la indiferencia y establecen un vínculo, por breve que sea, entre dos personas que comparten un mismo espacio. Cuando estas palabras desaparecen del trato cotidiano, no solo se empobrece el lenguaje, sino también el vínculo humano. Se normaliza la indiferencia y se debilita el tejido social. Tal vez recuperar el respeto no requiera grandes reformas ni esfuerzos extraordinarios. Comencemos con esto: mirar al otro, saludar, agradecer, pedir permiso y reconocer que la convivencia se construye, día a día, a partir de las palabras más sencillas.