• 12/08/2026 00:00

Espejito, espejito: ¿dónde está el chen chen de Mulino?

Había una vez un reino centroamericano donde las leyes de la economía se mostraban con una buena maqueta. En este territorio gobernado por la estética del paso firme, todo debía verse grande, ordenado y escandalosamente perfecto, aunque por dentro las cuentas no cuadraran. Lo importante no era cómo vivía la gente, sino que el castillo impresionara desde la carretera.

La política de estas tierras aprendió rápido el cuento. Hoy, nuestros soberanos aman los decorados colosales: estadios titánicos, megacárceles y vías férreas que atraviesan mapas, capaces de producir un video épico en redes sociales mucho antes de generar un solo beneficio real. La fórmula es infalible porque una ilusión digital siempre es más fotogénica que una política pública aburrida.

Como el viejo Lord Farquaad, estos líderes necesitan una puesta en escena impecable. Primero, la fachada moral: la familia perfecta, los valores tradicionales y la fotografía milimétrica para construir una legitimidad de postal. Después, la mano dura; siempre hace falta un chivo expiatorio para justificar el desorden, ya sean migrantes, opositores o cualquiera que cuestione el guión oficial. Y, por supuesto, está el espejo mágico, que hoy se multiplica en algoritmos y comunicadores bien pagados para repetir que todo marcha de maravilla, ignorando por completo el pulso real de la calle.

Ese hechizo llegó con fuerza a Panamá impulsado por una promesa tan sencilla como magnética: el famoso “chen chen en el bolsillo”. Aquella moneda esperada se convirtió en la llave del reino soñado. Para coronar la fantasía, también emergió nuestro propio castillo de Duloc: el tren Panamá-David, una mole de acero que hoy vive mucho más cómoda en los discursos, maquetas, consultoras de gestión y presentaciones de PowerPoint que sobre rieles de verdad.

Mientras el ciudadano revisa el bolsillo y se asoma a la estación esperando un tren que solo habita en los anuncios de la nueva constitución, el poder necesita mantener vivo el espejismo. Es ahí donde actúa nuestro pequeño Lord Farquaad canalero, convencido de que anunciar es ejecutar y que un aplauso grabado en TikTok puede llenar la dispensa del panameño.

Pero los cuentos de hadas siempre chocan contra el muro del despertar. Tarde o temprano, el hechizo se rompe, la gente comprende que no vive en Duloc y descubre la dolorosa verdad: los aplausos de la corte panameña solo es para el chen chen que le llega a la aristocracia del paso firme.

* El autor es cirujano subespecialista
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