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Me complace sobremanera cada vez que me toca en suerte descubrir los méritos literarios de la primera obra publicada por alguien en Panamá, y muy particularmente si se trata de una mujer; en este caso la reconocida pediatra: Anamaris McKay. Su reciente libro Huellas de fuego, de 22 cuentos, que tuve el alto honor de prologar y dar a conocer recientemente en mi pequeña editorial Foro/taller Sagitario Ediciones, cumple a mi juicio de forma cabal todas las expectativas de una valiosa obra desconocida hasta hace poco.
No solo se trata de cuentos variados en cuanto a temas y formas narrativas, sino que enseguida se nota su manejo impecable del lenguaje en las variadas maneras de armar determinados entramados que habrán de darle a cada historia identidad propia.
La escritura de textos creativos suele pasar por sentirse ganas irreprimibles de poner en selectas palabras los vuelos de la imaginación a partir de la cuidadosa interpretación de experiencias e imaginaciones que marcan la vida de un ser profundamente sensible. En términos generales, lo anterior suele ser el motor de arranque de las mejores obras literarias. Las que han dado prestigio a sus autores porque han creado obras memorables por su calidad estética y humana.
Así, escribimos como una necesidad inexpugnable de expresión, una forma de comprender, de encontrarnos, lo cual supone decodificar algunas claves del mundo y de nosotros mismos. Pero cómo negar que también escribimos para ser leídos, lo cual necesariamente pasa por leernos nosotros mismos en el proceso.
Ocurre una operación fascinante y anímicamente provechosa: quien escribe necesariamente se está leyendo; y quien lee lo escrito por otro, reescribe lo ya plasmado. Solo que, además, en cuanto a lo que podríamos llamar “el fondo o contenido” de la obra, cada nuevo lector va imaginando, interpretando, conjeturando causas, maneras de ser y consecuencias de la narración, pero también ideas y sentimientos (en el ensayo y la poesía, respectivamente).
Es sabido que para crear obras de ficción valederas, tanto los dones insobornables de la imaginación (“La loca de la casa”, según Santa Teresa de Jesús), como un sentido cabal de la realidad cotidiana, resultan indispensables. Y por supuesto, saberlos administrar creativamente, ya sea alternadamente o en un solo paquete híbrido, según sea el caso. Lo cual es otro de los méritos de este conjunto de primeros cuentos.
Sostengo que: el cuento más bello del mundo es aquel que logra una fusión perfecta entre un momento de gran plenitud humana y una forma perfecta, armónica, inevitable. Lo menciono porque en Huellas de fuego hay cuentos memorables que alcanzan ese logro. Y sólo una sensibilidad especial, superlativa a ratos, es capaz de semejante proeza literaria. Algunos de dichos cuentos, a mi juicio, son: Lágrimas que hablan; El guayacán dormido; Tal por cual; La intrusa y Burbujas, entre otros.
Me parece valedero señalar que hace poco más de tres años la Dra. McKay tomó conmigo un taller de cuento en el que desde el principio era evidente que era dueña de un talento superlativo para narrar historias, muchas de ellas cautivantes. Nieta del periodista y escritor Santiago McKay, quien tenía en La Estrella de Panamá durante muchos años una columna firmada con el seudónimo Fray Rodrigo, nuestra novel autora confiesa que sin duda recibió una sistemática influencia de la sensibilidad de su querido abuelo. Pero su modestia no le permite admitir que quien tiene un particular talento innato tarde o temprano logra un prestigio merecido.
A menudo el lector espera que el autor le dé todo resuelto como inventor de la historia. La pregunta de cajón es: ¿cómo puede el mismísimo arquitecto responsable de urdir la trama, no saber cómo terminarla? A menudo al autor no le interesa tanto cómo termina la urdimbre sino más bien cómo se va armando sobre la marcha. Lo que se va descubriendo puede ser igual de fascinante. Pero también ocurre que es la propia historia la que da la pauta de cómo habrá de finalizar, sin que el autor se atreva a meterse.
Hay quienes teniendo determinado final en mente, escriben para cumplirlo. Otros desarrollan su historia por puro placer, dejándose llevar por hechos que se van enmarañando. El uruguayo Juan Carlos Onetti decía: “Si supiera cómo van a terminar mis historias, ¿para qué las escribo?” Hay cuentos de Anamaris McKay donde procede de similar manera.
Es propicia la ocasión para invitar a los lectores para que asistan el 25 de agosto, a las 2:10 pm., a la presentación de Huellas de fuego, de Anamaris McKay, en el salón “Lagunilla” de Atlapa, durante la Feria Internacional del Libro.