Las afectaciones, provocadas por lluvias inusuales y fuertes vientos que impactaron principalmente el norte y el centro del país, han dejado daños considerables...
- 18/04/2012 02:00
Monopolios de la fe
La tarde empieza a perder su luminosidad y la luna aparece detrás de la iglesia de Santo Domingo en la ciudad de Oaxaca, México. Adentro está atestada; afuera un público atiende con interés a teatreros de la calle que escenifican un retazo de la vida de cualquiera con entusiasmo y amenidad.
Es el jueves de semana santa y la gente se congrega por múltiples motivos en esta urbe colonial. La lectura nos dice que el discurso no es homogéneo, porque fluye de la población que aprovecha las fechas de fin del culto cuaresmal para diversas prácticas y experiencias.
Al rato, al anochecer bajan en procesión por la empedrada calle Macedonio Alcalá, que une el templo dominico con la catedral, la Tuna Real Universitaria, seguida de la multitud que acompaña los ritmos de guitarra, guitarrones y voces jóvenes que entonan cánticos para impregnar las paredes añosas de una arquitectura que desafía los siglos.
Un poco más allá, la masa de creyentes entra, circula, se sienta, reza y cojos, rencos, tullidos, se mueven en las naves eclesiales. Unos rezan el rosario, otros hunden el rostro entre las manos. Una señora da pecho a un bebé en brazos, una pareja carga a sendos infantes mellizos y una sierva saca bolsitas de pan ‘sagrado’ para la feligresía.
Afuera a un costado, los comales arden sobre el fuego, para asar las tortillas, que rápidamente se llenan de nopalitos cortados en juliana, para ser cubiertos por el quesillo y satisfacer cualquier alma hambrienta que pase.
A un lado, en una pequeña plazoleta, los niños lanzan al aire sus globos tubulares, mientras los buhoneros exhiben figuras plásticas en forma de corazones, estrellas, animales y aros para ser inflados y halados de un cordel por los ‘escuincles’ juguetones, que se aprovechan del gentío para dar rienda suelta a su imaginación.
En la plaza frontal los payasos encienden el ánimo de la muchedumbre, sacan sonrisas, aplausos y también monedas. Y quienes venden artesanías propician la ocasión para entusiasmar a las visitas con los hilados, vestimentas, prendas y los accesorios, cuyos diseños son producto de la cosmovisión de los pobladores de las comunidades vecinas y lejanas en este estado sureño.
Hay alrededor del zócalo, portales donde se sientan a comer, beber y conversar los turistas, quienes pasean y aquellos que han terminado la jornada laboral. Un mariachi entretiene en un extremo y, en el otro, una banda con tumbas, batería y marimba ofrece música con dejo caribeño y hasta se escucha ‘La pollera colorá’. Los comensales prueban algo de los ‘siete moles oaxaqueños’ u otros platos tradicionales.
La fe no es unilateral, ni se ha quedado enclaustrada como hace cinco siglos, cuando los colonizadores cambiaron el politeísmo heredado de los zapotecos de estas tierras y encerraron a la importada divinidad monoteísta bajo los techos de los templos y conventos edificados con la piedra cantera de los conjuntos arquitectónicos precolombinos y sobre sus cimientos y tumbas violadas en busca de tesoros.
Como diría Carlos Fuentes, ‘estos hombres religiosos pusieron pie en tierras que los ángeles no se atrevían a pisar, pero donde los conquistadores ya habían entrado, pisando fuerte y hasta dando patadas’. El tiempo quizás haya cerrado heridas, pero en el inconsciente de cada grupo o vecino, palpita aún ese pasado.
Hoy, la fe se mueve en varios sentidos y se celebra con múltiples formas en las calles y diversos escenarios de esta tierra cálida, llena del influjo misterioso de sus ancestros, que habitaron los valles de este istmo bañado por la brisa de densas colinas de la Sierra Madre.
PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.