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- 26/02/2023 00:00
Febrero, Mes de la Rebelión Kuna
Para el pueblo kuna, febrero se considera el Mes de la Rebelión Kuna o Revolución kuna, como algunos prefieren llamarlo también. Estos acontecimientos empezaron el 21 de febrero de 1925, y trascendieron las fronteras del país, ya que tuvo la intervención de los Estados Unidos de Norteamérica en la figura de Richard Oglesby Marsh, que algunos historiadores panameños en su momento lo consideraron como el principal “incitador” de los kunas, incluso manifestaron que los mismos indígenas organizaron “una matanza de policías coloniales”.
Pasaron setenta y tres años para que las luchas del pueblo kuna fueran reconocidas por el Parlamento panameño, que declaró el 25 de febrero de cada año como “Día de la Revolución Dule en conmemoración de las luchas, por la defensa de sus derechos humanos”, mediante la Ley 29 de 12 de mayo de 1998. Personajes como Susu, Olonibiginya, Dinuidi, y tantos otros, deben ser conocidos más para completar este capítulo de la revolución.
Los primeros caciques de la época a partir de 1903 rechazaron categóricamente la imposición de los Gobiernos de Manuel Amador Guerrero y de Belisario Porras, que, mediante un proceso que quisieron implementar, que denominaron “la reducción de los indios”, por el cual querían eliminar de raíz el uso de la vestimenta tradicional conocida como mola, que solo se comunicaran en español y no en su lengua materna, la extirpación de prendas como narigueras, chaquiras en los brazos y pies. Para los primeros Gobiernos todo esto era parte de costumbres primitivas que nada bueno traían para la “vida civilizada en la ciudad”.
La Rebelión de 1925 fue el resultado de muchos atropellos que sufrió la comunidad kuna por parte de la policía colonial panameña, por querer “cambiar, civilizar la vida atrasada de los indios”. La civilización no solo se refería a que los niños tenían que ir a las escuelas para poder instruirlos, sino que traía consigo la erradicación de la misma cultura. A través de sus grandes personajes, el pueblo kuna luchó por sus costumbres, e idioma.
En la revista El Mundo, el autor del artículo Ecos de San Blas, también señaló que las revueltas ocurridas habían sido “por las intrigas de Mr. Marsh para inducir a los indios a la obediencia al menor costo de sacrificios en vidas y hacienda que fuera posible para el país” (pág. 19).
La incursión de la Iglesia en la comarca, a través del padre español Leonardo Gassó, de la joven inglesa Anna Coope, trató de incidir en el comportamiento de los comuneros para “civilizar a los indígenas”. A pesar de todas estas imposiciones del Gobierno, los kunas se mantuvieron firmes, hasta que, finalmente, estalló la revuelta que terminó en múltiples consecuencias.
Por eso, años después, el cacique Gilberto Arias, analizando los hechos nefastos, se preguntaba por el verdadero significado de la palabra civilización: “¿Qué es estar civilizado?, ¿significa olvidar mi cultura y practicar la occidental o extranjera?, ¿civilización significa olvidar mi idioma, mis raíces?, ¿tengo que hablar otro idioma para estar civilizado?, ¿eso era lo que deseaban los primeros Gobiernos?”. Para el cacique Gilberto no tenía sentido acabar con lo autóctono de su pueblo. El mismo diccionario define la palabra civilización como “conjunto de costumbres y artes de una sociedad humana”.
Para los líderes kunas, la cultura y el idioma tenían que ser preservadas a toda costa. Ya anteriormente otros líderes habían defendido la tierra que hoy se conoce como Kunayala, el sustento de vida donde la cultura tenía que desarrollarse. No tenía sentido tener tierras, pero carentes de cultura. El cacique Yabiliginya proclamaba la importancia de las tierras para ser cultivadas donde ellos pudieran vivir tranquilos. Si no hubiera sido por los ilustres defensores de sus tierras, costumbres, muy probablemente el idioma kuna hubiera desaparecido como ocurrió con tantos otros o los que están a punto de desaparecer, al ya no contar con sus representantes.
Después de noventa y ocho años de la Rebelión Kuna y a dos años de cumplirse el Centenario, todavía el pueblo kuna lucha por recuperar totalmente sus tierras ancestrales que le fueron concedidas antes de 1903 por el Gobierno colombiano. El Gobierno tiene que administrar la justicia a favor de la mayoría, y los intereses de los indígenas no pueden estar excluidos.
El conflicto por el límite entre Kunayala y Santa Isabel, en la provincia de Colón, ya es de vieja data y debe ser resuelto a favor de las justas reclamaciones de los indígenas. Los documentos históricos arrojan luces a favor de las tierras ancestrales de los indígenas. Es tiempo de que ambas partes firmen un acuerdo de entendimiento, y solucionar el problema de una vez por todas, así como el acuerdo de paz que firmaron los dirigentes kunas el 4 de marzo de 1925 para poner fin a la rebelión con la presencia de las autoridades del país y de los Estados Unidos de Norteamérica.
Me parece que uno de esos acuerdos todavía no se está cumpliendo en su totalidad por parte del Gobierno, en cuanto a las tierras se refiere: “En el futuro se establecerá una disposición en un lugar apropiado y suficiente como un hogar permanente, como reserva para los indígenas y se mantendrá inviolado, libre de explotación por otros”.