• 12/06/2026 00:00

Huellas de identidad del alma del escritor

Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.

Agrega La Estrella en Google ↗️

En más de un sentido, el estilo de un escritor representa, más que los temas que aborda en sus obras, un conjunto irrenunciable de señas de identidad que lo singularizan como artista, incluso como persona. Algo así como las huellas digitales del alma misma del creador. Y es que a veces las mejores metáforas son las que, cual caballos de Troya, encierran elementos directamente tomados de la realidad, o muy ligados a ella, que en un segundo momento salen a relucir y encarnan en el entendimiento del lector. Pese a la evidente complejidad del asunto, de sus múltiples componentes, trataré de explicar el asunto...

Salvo en obras pensadas deliberadamente desde el principio para venderse de la mejor forma posible a editores y lectores predispuestos a cierta clase de condicionamientos temáticos, estilísticos o emocionales, no cabe duda de que la manera de organizar un texto, o sear su estructura es, junto con los contenidos mismos de la historia, uno de sus componentes esenciales. En parte dicha estructura, que lógicamente tiene que ver con la estrategia de la composición, contribuye a establecer un determinado estilo,

Asimismo, elementos menos obvios, como saber escoger al narrador o narradores de una obra de ficción, elegir el tono del relato, controlar los puntos de vista desde los cuales se cuenta la historia y además acertar en poder mantener la atención del lector mediante el manejo del suspenso, son tan importantes en la determinación del estilo como la adecuada selección de las palabras, la forma de redactar las frases y la manera de articular los párrafos. O sea todo. Pero aún hay otros factores...

La actitud de un autor frente a su obra, el grado de involucramiento emocional e intelectual al irla generando, quedan ineludiblemente plasmados en la progresión del acto creativo porque quien escribe va despojándose de una parte importante de su ser en una suerte de trasvase gradual y sutil que, quiérase que no, lo va drenando de energía. Y al hacerlo, esa escritura va tomando una cierta forma, moldeándose poco a poco a imagen y semejanza de la voluntad –racional y a menudo también irracional– de quien la crea.

Así, el texto muchas veces termina siendo, en más de un sentido, el alter ego espiritual de su creador, una semblanza intelectual de su potencial artístico, por más que exista entre sus entretelas constitutivas una diversidad de elementos literarios aparentemente ajenos a él. Esto, entendido en términos generales, claro.

Sin embargo, también ocurre que cuando el escritor logra distanciarse de manera significativa del texto poniéndolo casi por completo en manos de personajes, situaciones o atmósferas que no necesariamente son réplicas suyas (incluso pueden ser del todo opuestos a sus propias convicciones, manera de ser o experiencia), este fenómeno de la homologación de la personalidad del autor con la naturaleza de su obra se disminuye notablemente.

Pero, ¿y todo el esfuerzo imaginativo que se puso en la creación de un texto tan alejado de la personalidad o ideario del autor acaso no encierra precisamente en el logro de su eficaz escritura el más grande mérito artístico del creador? Por supuesto, tal logro representa un singular valor agregado, y puede considerarse también como un importante rasgo de estilo. Acaso el más destacado de todos.

Si escribir obras literarias es crear mundos alternos o paralelos al que nos alberga; espacios y tiempos que se rigen por sus propias normas, y que por tanto son autosuficientes, resulta entonces que hallar la manera más adecuada de irlo haciendo, la mejor forma de plasmación, implica la puesta en práctica de un sinnúmero de conocimientos, habilidades y técnicas narrativas cuyo dominio solo lo proveen el talento y, a veces, la experiencia, y que va más allá de una simple maestría del oficio. Hay toda una filosofía en ello y, por tanto, una muy particular visión del mundo y del arte, los cuales particularizan cada texto contribuyendo, junto con la excelencia de los contenidos, a hacerlo memorable y, a veces, altamente trascendente.

La creación literaria será siempre una búsqueda de explicaciones más que un simple encuentro coyuntural de respuestas. Porque al escritor no le es suficiente copiar la realidad, plasmarla tal cual, con sus obviedades y sus contrasentidos. Eso tiene mérito, por supuesto. Pero sería como tomarle una simple fotografía a las cosas; y si en los hechos hay progresión y cambios, como suele haberlos en la vida, equivaldría a nada más filmarlos. También hace falta hurgar en los resquicios, en las ranuras, en las ocasionales fisuras que caracterizan a la realidad. Lo cual implica indagar no pocas veces en lo oscuro, en lo que está oculto, tal vez al acecho.

Como es sabido, la visión de mundo que ofrece una buena novela o un excelente cuento puede ser una sola o variada según sea un solo personaje el que narra o varios... En todo caso, lo que más importa es lograr entender la propuesta del autor; eso que suele denominarse su “Visión de mundo”, estemos o no de acuerdo con él.

* El autor es escritor, profesor jubilado, promotor cultural y editor
Lo Nuevo