• 08/08/2026 00:00

Humano roto e inhumano

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El lanzamiento del Sputnik el 4 de octubre de 1957 significó para Hannah Arendt (1906-1975) la confirmación de una hipótesis filosófica en la que había venido trabajando desde hace algunos años, luego de publicar “Orígenes del totalitarismo” en 1951. El Sputnik, no está de más recordarle al lector, fue el primer programa espacial de la Unión Soviética que logró poner un satélite en órbita alrededor de la Tierra. Así, la potencia soviética tomó la delantera en la carrera espacial y buena parte de la prensa norteamericana de entonces recibió la noticia con una mezcla de asombro y miedo, propios de quien no entiende bien ni qué exactamente ha pasado, ni qué puede pasar a partir de ese momento.

La reflexión de Hannah Arendt no tiene nada que ver con la Guerra Fría. Más bien la pensadora alemana buscó trazar las raíces históricas y culturales de ese hecho para poder comprender su proyección en el largo plazo. En 1958 Arendt publicó una segunda edición de “Orígenes”, cuya ampliación incrementa y profundiza el interés en esta gran obra y, al mismo tiempo, dio a conocer una nueva obra en la que desarrolla los fundamentos del mundo moderno que podrían explicar mejor los eventos horribles del siglo XX.

La nueva obra se tituló “La condición humana” y allí Arendt expone la tesis que distingue tres dimensiones del ser humano, a saber, la labor (que básicamente se refiere a la dinámica de la reproducción de la existencia social), el trabajo (que trata de la esfera de la producción y consumo de cosas que van formando parte del mundo) y la acción (que es donde se anida la libertad y la vida en comunidad). Para Arendt existía una tensión inherente entre estas dimensiones a la vez que una doble tendencia, según la cual la esfera del trabajo invade el dominio de la acción y la labor termina por diluir en la dinámica de las necesidades el mundo de la producción de objetos.

Esto significa que las reglas del discurso, de los planteamientos éticos, tienden a ser sobrepasadas por la razón instrumental que organiza la esfera de la producción, pero al final esa racionalidad queda subsumida en las leyes de causalidad que gobiernan en la naturaleza. Así, la política que solo vive de la unidad del discurso y la acción colectiva tiende a desaparecer, a ser marginada, por la preponderancia de la lógica causal que anima al espíritu científico y el carácter instrumental de la tecnología.

Por esta razón, el prólogo a “La condición humana” inicia con una reflexión que advierte de una doble alienación, característica de nuestro tiempo. La primera es la alienación respecto del planeta tierra. El desarrollo de la ciencia impulsa al ser humano a imaginar la vida humana en otros planetas. Tal como lo expresó el científico ruso Konstantín Tsiolkovski (1857-1935): “la humanidad no permanecerá por siempre atada a la tierra”. La segunda es la alienación respecto del mundo de objetos, un mundo cada vez más opaco para el entendimiento humano.

En un mundo en el que dominan la ciencia y la tecnología, el espacio de la política se reduce, o se evapora. La apuesta de Hannah Arendt por darle un giro positivo al mundo es, sin lugar a dudas, una apuesta por la política, por interrumpir la ciega ejecución de leyes naturales y la aplicación de la tecnología a las relaciones humanas.

Karl Jaspers (1883-1969) fue el maestro de Hannah Arendt, y dirigió su tesis doctoral sobre “El Concepto de amor en San Agustín”. Compartieron una amistad que duró toda su vida. Al tiempo que Hannah elaboraba su reflexión sobre el lanzamiento del Sputnik I, el maestro alemán escribía un opúsculo titulado “La bomba atómica y el futuro del hombre”, en el que advertía que la tecnología se proponía abarcar todas las relaciones humanas, potenciando su poder destructivo.

En 1963 Hannah Arendt fue invitada a participar en un “Simposio sobre el espacio”, especialmente dirigido a analizar la incidencia que tiene la exploración del espacio en la visión que el hombre tiene de sí mismo y la condición humana. “La pregunta, explicaban los organizadores, no se refiere al hombre como científico ni al hombre como productor o consumidor, sino más bien al hombre como humano”. La ciencia explicó Arendt, no es antropocéntrica, está liberada de preocupaciones humanísticas. La condición humana es limitada, pero es capaz de hacer ciencia y pensar un universo sin límites.

Esa doble vinculación que lleva de lo finito a descubrir lo inconmensurable, y que valora lo infinito como una dimensión de nuestra finitud humana se encuentra hoy fracturada bajo la presión del desarrollo científico y tecnológico que reniega de la matriz filosófica de la que procede. La creencia de que la tecnología por sí sola es capaz de remediar la condición humana nos deja un ser humano roto, dividido, escindido. De esa escisión no saldrá un nuevo ser humano, más inteligente, más poderoso. Esta rotura de la condición humana, que viene fraguándose hace décadas y que ha tomado en nuestros días una inusitada velocidad, constituye un problema práctico, pues es una amenaza a la sobrevivencia de los seres humanos en el planeta. La recuperación de la política adquiere allí un nuevo sentido.

* El autor es miembro del Grupo de Investigación POLITAI
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