• 23/12/2015 01:00

La encrucijada siria (I)

La Habana. —Siria ha tenido la mala suerte de estar situada en medio de la ruta del petróleo 

La Habana. —Siria ha tenido la mala suerte de estar situada en medio de la ruta del petróleo y ser un nodo trascendente en una región donde se cruzan los yacimientos de gas natural más importantes del mundo, tanto en tierra como en el Mediterráneo, vitales para el consumo energético y la vida de gran parte de Europa.

Está ubicada, además, en uno de los extremos geográficos de mayor concentración de pólvora y metralla, atrapada como un sándwich explosivo entre Turquía, Irak e Israel, y flotando encima de embalses de hidrocarburos y gas natural sobre los cuales hacen planes de explotación presidentes y primeros ministros allende los mares, complotados con jeques, emires y califas, ejecutivos de poderosas empresas, generales y políticos fuera y dentro del Levante, que obvian con desenfado términos como: soberanía, independencia, derechos nacionales y otros carentes de significado para ellos.

Siria, por supuesto, no es víctima de un ‘destino manifiesto' por poseer una riqueza petrolera que para algunos países es una maldición. De ser cierto, la suerte de Arabia Saudita sería horrible por su condición de primer productor del mundo, pues en la guerra fría y en las calientes los tiros, las bombas, los sabotajes, el terrorismo, los muertos, heridos y mutilados han tenido como preferencia los países petroleros periféricos, excluyendo a los sauditas. El panorama no ha cambiado en la postguerra fría y Venezuela, acosada por las empresas petroleras norteamericanas y europeas, es un buen ejemplo. Irak lo sigue siendo.

Si el combustible fósil, sea gas o petróleo, no generara apetencias descomunales y paranoicas, Oriente Medio hace años sería una zona de paz y estaría entre las áreas más tributadoras a la cultura universal por su rica y milenaria historia desde muchos siglos antes de Cristo. Pero, ¿quién se atreve a declarar el levante zona de paz? Nadie. Los intereses que allí convergen desde los cuatro puntos cardinales son una gigantesca bomba de fragmentación que cuelga sobre el planeta casi imposible de desactivar porque implica el sacrificio de la renunciación, una penitencia que no está en el evangelio de las transnacionales del petróleo.

El levante es ahora zona de sangre, y no por la presencia de un pretendido Estado Islámico (EI) fabricado como Frankestein en algún oscuro laboratorio sin rostro ni huellas dactilares, que surgió como arte de magia después de las invasiones militares de Estados Unidos a Irak y Afganistán, y mucho después de Bin Laden o Al Qaeda y la Hermandad Musulmana, o de Al Nusra.

Lo grave es que el EI ya se ha inscrito en los libros de bautizo con nombre y apellido, tiene rostro, sede y capital, un líder público, una mesnada venal con la cual airea monumentales pretensiones territoriales, actúa como aglutinador del mundo musulmán yihaidista más tenebroso y conservador, y es apoyado incluso por algunos que proclaman que lo combaten.

Levante tampoco es zona de sangre porque se le atribuya ser la madre del terrorismo, o porque la necesidad del espacio vitae justifique a los ojos de algunos las matanzas de palestinos, y organizaciones internacionales y grandes metrópolis hagan mutis por el foro cuando se exige la retirada de Israel de los territorios árabes ocupados y el cese de su colonización.

Nada de eso: el Oriente Medio es zona de sangre por la presencia de gas y petróleo en su subsuelo, y la posición estratégica que ocupa para la distribución y comercialización hacia Europa y el resto del mundo mediante oleoductos, gasoductos y tanqueros, y ello explica las desgracias de Irak, de Libia, las amenazas a Irán o la devastación de Siria, e incluso el propio drama territorial kurdo y su eterna diáspora y divisiones seculares.

Continuará...

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