• 12/06/2023 00:00

Imagen literaria de la mujer negra en escritores caribeños

“Entre los escritores caribeños impulsadores de una narrativa diferente en torno a las identidades de las negras está Herbert George de Lisser”

La construcción discursiva sobre identidades no es un proceso unidireccional, este va en diferentes vías, pero tiende a legitimarse en el imaginario colectivo, en mayor grado, dependiendo de quién o quiénes lo crean, desde qué posición son formulados y de los recursos cognitivos con los cuales cuenten los emisores. Si bien es cierto que en el imaginario de los códigos culturales occidentales eurocentristas, África y todo lo relacionado con ella no fue incorporado desde una perspectiva positiva, los discursos negativos, por ejemplo, sobre la mujer negra fueron contraargumentados por literatos negros caribeños.

Entre los escritores caribeños impulsadores de una narrativa diferente en torno a las identidades de las negras está Herbert George de Lisser. Él destaca tanto en la novela Jane: A Story of Jamaica (1913) y Susan Proudleigh (1915) a las mujeres negras de la clase trabajadora como sus principales protagonistas. En ambas novelas, él acentúa de ellas su espíritu de independencia y determinación para lograr movilidad social, el fenómeno de la migración con propósitos de superación y su belleza física. Aspectos estos opuestos a las categorías de género propias del feminismo blanco occidental, donde las mujeres son representadas como entes pasivos, dependientes o sumisas y desprovistas de toda racionalidad.

Las ideas presentadas por de Lisser sobre la participación de la mujer negra en actividades vinculadas a esferas públicas son expuestas por varios autores, entre ellos Charles Good (1973), quien, en su artículo “Markets in Africa: a Review of Research Themes and the Question of Market Origins”, argumenta cómo los comerciantes de Kamba confiaban en las mujeres para “mediar en el comercio entre su gente y territorios extranjeros. Para los Kikuya y los Masai las mujeres de cualquiera de los grupos podían entrar libremente al comercio, una costumbre honrada incluso en tiempos de guerra”. La continuidad de esa norma en el Caribe es sustentada por Sidney W. Mintz y Richard Price (2012) en el libro El origen de la cultura africano-americana: una perspectiva antropológica, cuando escriben: “Parece claro que la independencia y la autoridad ejercidas por una mujer comerciante haitiana o jamaiquina, respecto de los usos de su propio capital, tiene probablemente escasos paralelismos en el mundo occidental, con las ideas de que las prerrogativas individuales provienen de la riqueza individual masculina, insertada en una estructura familiar nuclear económicamente indivisible. La generación de estructuras independientes y separadas de riesgo económico dentro de una sola familia podría considerarse característica de África Occidental y del Caribe africano, en oposición a Europa y América del Norte”.

La diferencia de capitales culturales entre el mundo occidental patriarcal y los códigos culturales de grupos provenientes de África llevó a los primeros a visualizar a la mujer negra como la antítesis de la feminidad al entrar en contradicción “con el discurso de la domesticidad del occidente donde el trabajo extradoméstico femenino representaba una desvirtuación de su sublime “misión” de madre y “ángel del hogar” y para el “jefe de la familia” una disminución de su masculinidad.

En “One brown girl and-- a Jamaica Story” (1909), Redcam, Tom y MacDermot, Thomas defendió la moralidad de la mujer negra de la clase baja. Ellos crearon un personaje llamado Fidelia, de ascendencia africana, cuya función en el hogar era ser sirvienta y al recibir las insinuaciones de carácter sexual realizadas por el hijo de su empleadora -aún en las condiciones de asimetrías de poder en la esfera privada- no cede, aunque le costó su trabajo. Fidelia simboliza para los autores citados, un ejemplo de resistencia al orden patriarcal occidental racista, donde la integridad de la mujer negra fue violentada.

La posición asumida por la madre de despedir a Fidelia de su trabajo remite a lo expuesto por Michael Foulcaut en cuanto “al control de castigo y recompensa como método de formación y transformación de los individuos en función de ciertas normas” y, también, al hecho de cómo la mujer blanca fue transmisora de códigos culturales patriarcales a sus hijos, códigos que operarán contra las mismas libertades de ellas como mujeres; una constante histórica aún en boga.

Subdirectora del Instituto de Investigaciones Históricas, UP.

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