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- 31/03/2022 00:00
La invasión de Ucrania
La invasión de Ucrania, ordenada por Vladimir Putin, que, como ha quedado demostrado, solo la motiva su ambición de restablecer el imperio ruso, gobernado por él como autócrata indiscutido, similar a los zares, es una barbarie genocida, por la que más temprano que tarde tendrá que rendir cuentas. El juicio de la historia será implacable, como lo fue contra los dirigentes nazis que desataron la Segunda Guerra Mundial.
Putin es el responsable directo de la gran tragedia humanitaria que contabiliza a miles de ucranianos, hombres, mujeres y niños, indiscriminadamente asesinados por los invasores; de los millones de desplazados que han tenido que huir de sus hogares para no correr la misma trágica suerte; y de convertir en escombros todo tipo de infraestructuras, sin importar que fueran viviendas, hospitales, escuelas u orfanatos, de los que ha sido testigo el mundo entero por los desgarradores reportajes de los medios internacionales de comunicación y los videos y fotos que envían al exterior reporteros voluntarios improvisados.
El asalto militar perpetrado contra Ucrania, ha sido un aldabonazo que alertó a la Unión Europea, que ahora tendrá que reconocer que no haber reaccionado con mayor firmeza cuando Putin dio el zarpazo con la anexión por la fuerza de la península de Crimea, sin duda lo alentó a seguir adelante con sus sueños demenciales.
Lamentablemente, el occidente, EUA y la Unión Europea, así lo comprueba una revisión retrospectiva de los antecedentes, debió, pero no lo hizo, prestar atención a las claras señales que anunciaban cuál sería el camino que seguiría Putin, desde que en 1991 renunció, con el rango de teniente coronel a la KGB, e inició la meteórica carrera política que en 1996, por designación de Boris Yeltsin, lo ubicó, primero, en la jefatura del nuevo aparato de inteligencia y represión que reemplazó a la KGB; después en el puesto de primer ministro en 1998; y, finalmente, de presidente interino, cuando Boris Yeltsin renunció el 31 de diciembre de 1999. Después se hizo elegir presidente, en el 2000 y, desde entonces, es el amo indiscutido de Rusia.
Sus planes para reconstruir la antigua Unión Soviética no nacieron en el 2000; fueron gestados y planificados junto con excolegas de la KGB, que posteriormente amasaron fortunas inmensas durante el Gobierno de Yeltsin, cuando se apropiaron del control de las empresas estatales privatizadas, mediante la compra, por precios irrisorios, de sus paquetes accionarios a sus tenedores, ciudadano comunes, a los que el Gobierno se las había repartido, para supuestamente hacerlas de propiedad colectiva.
Las acciones de Putin, desde que dejó la KGB, demuestran su inagotable capacidad para la mentira y, también, que los líderes de occidente fueron proclives a creerlas, cuando los hechos alertaban en sentido contrario. Entre estos, las siguientes:
El 1 de enero de 2000, al día siguiente de haber asumido como presidente interino, tras la renuncia de Yeltsin el día anterior, Putin viajó a la ciudad chechena de Gudernes para alentar personalmente a las fuerzas rusas que atacaban a ese país, en los siguientes términos: “Ustedes no solo estarán defendiendo la dignidad y el honor de Rusia. También se trata de detener la desintegración de nuestro país”.
Para justificar la invasión de Chechenia, el pretexto utilizado por Putin fue achacar a supuestos terroristas de ese país un atentado con bombas contra un edificio residencial en Moscú. Nunca pudo probar ese hecho; pero posteriores investigaciones llevaron a concluir que fue una patraña montada por la agencia doméstica rusa de inteligencia y represión, que desde 1996 controlaba el propio Putin.
El 25 de septiembre de 2001, Putin, presidente ya de Rusia, durante su visita a Alemania, pronunció un discurso ante el Parlamento alemán, en el que hizo profesión de fe democrática y habló de un hogar común europeo, que fue interrumpido 16 veces con aplausos por los parlamentarios, tanto de izquierda como de centroderecha, demócratacristianos, y premiado al final por una ovación de varios minutos.
Ya entonces tenía acumuladas en su prontuario las guerras de ocupación de Chechenia y Georgia, saldadas a sangre y fuero; pero se disfrazó con piel de oveja para ocultar sus planes posteriores que después evidenció con sus ataques a EUA y la NATO.
En 2014, cuando consideró fortalecida su capacidad militar y sin importarle el compromiso firmado en diciembre de 1994, por Rusia, conocido como el “Memorándum de Budapest”, por el que su país se comprometió a respetar la independencia y soberanía de Ucrania y sus fronteras, que incluían la Crimea, invadió y se apoderó de esta.
Como por esa aventura tampoco pagó un precio, el siguiente acto de guerra fue la fabricación de “las repúblicas de Donest y Ugansk”, inmediatamente reconocidas e incorporadas, “por voluntad propia” a Rusia.
Completas estas guerras de conquista, comenzó la acumulación de tropas, artillería y tanques en las fronteras que rodean Ucrania con claros propósitos ofensivos, pero Putin seguía negando, aunque era evidente, que preparaba una nueva invasión.
La invasión militar de Ucrania ha servido, aparte de desenmascarar a Putin, para que la Unión Europea, Inglaterra y EUA reaccionaran de su letargo e impusieran rigurosas sanciones económicas a Rusia, que, aunque trate de sortearlas y de minimizar sus efectos, sin duda alguna lo han puesto a la defensiva. También ha tenido el efecto de demostrar que las Naciones Unidas tienen una muy limitada capacidad para imponer sanciones a países agresores cuando estos tienen, como en el caso de Rusia, el poder del veto para anular las decisiones de su Consejo de Seguridad, que solo pueden tener efectos vinculantes si no son vetadas por uno de los cinco países que tienen ese privilegio.
Igualmente, la invasión de Ucrania ha servido para demostrar que las decisiones de la Asamblea General, supuesto máximo órgano de representación política, sin importar que en ella estén representados sus actuales 193 Estados miembros, solo tienen un efecto moral, no vinculante.
En el momento actual, todos los signos indican que la guerra de invasión tendrá sobre Rusia y su líder un efecto bumerán. Interna y externamente aumentan las reacciones de rechazo. Y no es aventurado pensar que aquellas naciones que hasta ahora han optado por la neutralidad o la ambivalencia, ya estén evaluando distanciarse del agresor.
Las sanciones económicas están haciendo sus efectos; también el repudio moral de la mayoría de las naciones; pero, sin duda, lo que marcará el desenlace final y la derrota de Putin será la inclaudicable voluntad del pueblo ucraniano, que, bajo el extraordinario liderazgo de su presidente, a pesar de sus limitaciones defensivas, con la ayuda externa que está recibiendo y que debiera ser sustancialmente aumentada, está demostrando, como ha ocurrido en muchos otros momentos de la historia, que la razón y la justicia siempre terminarán derrotando a la sinrazón de la fuerza y la ambición.