Muchas veces, como vecinos de esta maravillosa ciudad, nos quejamos de cómo se encuentra, de aquello que funciona mal, de la falta de escucha de algunas autoridades y de decisiones que se toman, unas veces solicitadas y otras veces impuestas. Y tenemos derecho a hacerlo.

Una ciudad pertenece también a quienes la habitan y, por tanto, podemos exigir que sea más limpia, más ordenada, más segura y amable. Pero hay una pregunta que pocas veces nos hacemos, ¿qué estamos haciendo nosotros para que esta ciudad sea mejor?

Porque existe una contradicción que merece algunas líneas. Exigimos una ciudad distinta, pero muchas veces no acompañamos esa exigencia con comportamientos que contribuyan a construirla.

Ciudad de Panamá es mucho más que el lugar donde vivimos. Es el punto de encuentro de personas, culturas, historias y oportunidades. Es una ciudad cosmopolita y abierta al mundo.

Cada día recibe a cientos de visitantes nacionales e internacionales. Para muchos de ellos, esta ciudad constituye el primer contacto con Panamá, la primera imagen que se llevan de nuestro país y, en buena medida, la primera impresión de lo que somos como sociedad. Por eso, cuidar la ciudad no debería ser solamente una responsabilidad de las instituciones, también es nuestra.

Porque resulta contradictorio que reclamemos calles limpias mientras algunos arrojan basura desde el automóvil; que pidamos orden mientras estacionamos donde no corresponde; que exijamos respeto a las normas mientras ignoramos una señal de tránsito; que reclamemos seguridad mientras conducimos de manera irresponsable; que pidamos una ciudad más amable mientras nos colamos en una fila o hacemos ruido sin importar el descanso de los demás.

Son pequeños actos, casi imperceptibles. Pero cuando se repiten miles de veces todos los días, dejan de ser pequeños. Se convierten en la cultura de una ciudad.

Quizás allí esté uno de nuestros mayores desafíos como sociedad: hemos aprendido a reclamar nuestros derechos, pero todavía tenemos pendiente fortalecer la conciencia sobre nuestros deberes. Solemos exigirle mucho al Estado y, algunas veces, muy poco a nosotros mismos. Esperamos que alguien limpie la calle, pero no siempre evitamos ensuciarla, que alguien haga cumplir las normas, pero no siempre estamos dispuestos a cumplirlas. Exigimos respeto, pero no siempre somos respetuosos con los demás.

No se trata de sustituir la responsabilidad de las autoridades. El Estado tiene obligaciones que debe cumplir y los ciudadanos tenemos derechos que debemos exigir. Pero una cosa no excluye la otra.

Una ciudad funciona mejor cuando las instituciones hacen su parte y cuando sus ciudadanos también hacen la suya. La ciudadanía no comienza cuando entramos a una institución pública ni cuando depositamos el voto en unas elecciones. La ciudadanía comienza mucho antes, comienza en nuestras decisiones cotidianas. Quizás necesitamos recuperar algo tan sencillo como el sentido de pertenencia. Sentir que esta ciudad es nuestra. Que cuando la cuidamos, nos cuidamos.

Ciudad de Panamá tiene enormes desafíos. Algunos corresponden al Estado, otros a los gobiernos locales y muchos requieren políticas públicas. Pero hay una parte de la transformación que no puede ser delegada y nos corresponde a nosotros.

Una ciudad no cambia solamente cuando cambia su alcalde o representantes. Cambia cuando sus ciudadanos entienden que también son responsables del lugar donde viven.

Porque, al final, la ciudad que queremos no está solamente frente a nosotros, la ciudad que queremos también comienza con nosotros.

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