• 27/04/2026 00:00

La economía política de la diplomacia China en Jaque

La arquitectura del ascenso global de China, que durante décadas fue presentada como un fenómeno de crecimiento inagotable y una alternativa sólida al orden liberal, se enfrenta hoy a una crisis de fundamentos que amenaza con desmoronar su estructura misma. Este gigante, -que a menudo se describe con pies de barro-, ha cimentado su expansión en una premisa extremadamente frágil: el acceso ilimitado a energía barata y subsidiada.

Expertos internacionales, a los que respeto mucho, han señalado con acierto que la economía china no es una entidad monolítica, -a lo que yo agrego que es un sistema dual donde tanto el sector planificado estatal como el modelo pseudocapitalista de exportación dependen del mismo insumo crítico-. Sin el flujo constante de petróleo y gas, a precios de descuento distorsionador de los mercados internacionales y obtenido, históricamente, de naciones bajo sanción o regímenes paria, la competitividad industrial de Pekín se evaporaría, revelando con ello que su “milagro” económico no es un triunfo de la eficiencia productiva, sino un subproducto de una “anomalía energética” que da la impresión que está llegando a su fin.

Esta vulnerabilidad no es un accidente del mercado, sino el objetivo central de una estrategia de calado ejecutada por la administración del Presidente Trump. Lejos de ser una serie de acciones aisladas, la presión sobre los nodos energéticos de Irán y Venezuela constituye una maniobra, de asfixia deliberada, diseñada para desmantelar la “diplomacia del yuan”. Durante años, China utilizó su moneda y su capacidad de financiamiento para capturar recursos y voluntades en el Sur Global, -Africa, Asia, América Latina-, pero esa capacidad de proyección estaba anclada en los excedentes generados por su energía barata. Al golpear el eje Irán-Venezuela, Washington no solo encarece la factura energética de Pekín, sino que estrecha su margen de maniobra en la mesa de negociaciones global. EE. UU., consolidado como una potencia energéticamente autosuficiente, -aunque muchos actores occidentales no lo quieran ver o incluso les moleste-, utiliza ahora su dominio del mercado y de las rutas marítimas para forzar a China a una posición de dependencia o a una costosa transición que su sistema financiero, ya lastrado por una deuda interna masiva, difícilmente podrá soportar sin fracturas sociales.

En este tablero, la recuperación del hemisferio occidental bajo una renovada “Doctrina Donroe”, representa el golpe de gracia a la influencia transcontinental de Pekín. La estrategia estadounidense en Venezuela va mucho más allá del control del crudo; busca restaurar la influencia total en un continente que había sido cedido a la penetración china y, en menor medida, rusa debido a las negligencias de administraciones anteriores. Al asediar politica, militar y financieramente al régimen de Maduro, Washington corta el cordón umbilical que sostiene al sistema castrista en Cuba, buscando el colapso definitivo del comunismo en el Caribe o su capitulación estratégica. Para EE.UU., la presencia de activos militares o de inteligencia de potencias rivales a escasas 90 millas de sus costas es una afrenta ya inaceptable. Esta ofensiva se ve reforzada por un giro político en naciones clave como Argentina, Chile, Ecuador y Bolivia, donde nuevos gobiernos de corte liberal-conservador seguramente revisarán concesiones mineras, energéticas y portuarias otorgadas a China, -como ha sido el caso en Panamá-, percibiendo ahora que la dependencia de Pekín es un riesgo soberano y un lastre para el cumplimiento del derecho internacional.

Mientras este reordenamiento ocurre en América, la Unión Europea y el Reino Unido se hunden en una irrelevancia estratégica autoinfligida, convirtiéndose en las víctimas colaterales de su propio dogmatismo. Atrapada entre el legado de una dependencia energética suicida, -fruto de políticas erráticas de líderes como Angela Merkel que apostaron todo al gas ruso-, y una obsesión por regulaciones ambientales draconianas, Europa ha destruido su propia base industrial. El abandono de la energía nuclear en países como España, —ahora declarada “verde” por Francia—, la destrucción de suelos agrícolas productivos para instalar paneles solares o la presión fiscal sobre el consumo energético, han creado un cocktail de decadencia. Incluso el Reino Unido, bajo un gobierno laborista obsesionado con metas climáticas utópicas, ha limitado su propia producción en el Mar del Norte. Esta debilidad europea no solo beneficia a EE.UU. al consolidar su liderazgo en una OTAN cada vez más dependiente, sino que altera la relación entre Rusia y China; Moscú, al ver a una Pekín desesperada por energía, deja de ser su “instrumento” para convertirse en un proveedor que ahora puede imponer condiciones, debilitando la cohesión del bloque euroasiático.

En conclusión, el escenario actual revela que la hegemonía china era un edificio construido sobre cimientos de arena que la administración Trump ha decidido remover. La recuperación de puntos estratégicos en el continente, la expulsión de la influencia china en el Caribe y el aprovechamiento de la autosuficiencia energética estadounidense han cambiado las reglas del juego. China ya no compite en igualdad de condiciones; ahora lucha por su vigencia operativa en un mundo donde sus clientes empiezan a cuestionar su modelo y sus proveedores están bajo asedio. Lo que estamos presenciando pudiera ser el fin de una era de globalización asimétrica y el inicio de un nuevo orden donde la geografía, la energía y la determinación política de Washington han vuelto a poner en jaque las ambiciones imperiales de Pekín y Moscú, dejando a una Europa desorientada como el espectador pasivo de su propia pérdida de poder.

*El autor es excanciller
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