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- 03/01/2026 00:00
‘La ética no gana elecciones: radiografía de un electorado que exige moral, pero no la practica’
El debate sobre si la moral influye realmente en el voto panameño suele terminar en una conclusión incómoda: se habla mucho de ética, pero se practica muy poco. Cada cinco años los discursos se visten de transparencia y decencia, como si la campaña electoral fuera una misa cívica. Sin embargo, la realidad es menos romántica: candidatos con expedientes cuestionables, escándalos frescos o investigaciones activas logran victorias aplastantes, y lo hacen con el respaldo firme de un electorado que dice exigir moral, pero que en la práctica la ignora o la acomoda según convenga. El ciudadano panameño tiene una indignación altamente expresiva pero escasamente efectiva.
Condena con fuerza en redes sociales, se escandaliza con titulares y denuncia la corrupción con fervor patriótico, pero al llegar a la urna aparece un criterio distinto: la simpatía, la conveniencia, la promesa o el beneficio inmediato. La moral, a la hora del voto, suele ser la primera baja. Existe una moral selectiva que opera casi como un mecanismo de defensa: “todos son iguales”, “así es Panamá”, “este por lo menos ayuda”, “más vale malo conocido”.
Con estas frases, el votante justifica decisiones que contradicen lo que predica públicamente. Si la moral fuera decisiva, quienes arrastran sombras en su trayectoria no ganarían con tanta facilidad. No existirían diputados reciclados, alcaldes investigados ni líderes señalados que, aun así, obtienen apoyo masivo. El resultado revela una verdad amarga: el elector panameño se indigna de forma verbal, pero no de forma electoral.
El verdadero motor del voto no es la ética, sino el interés. En una sociedad marcada por necesidades urgentes, la pregunta que guía la elección no es “¿quién es el más moral?”, sino “¿qué hay para mí?”. Esta mentalidad atraviesa todos los estratos sociales. Los sectores vulnerables buscan la bolsa, el vale o el favor personal; los sectores medios y altos buscan contactos, gestiones o beneficios fiscales. La moral queda relegada porque, en un entorno donde el Estado falla sistemáticamente, el ciudadano se acostumbra a suplirlo mediante relaciones clientelares. El voto se convierte en un contrato tácito de conveniencia. Así nace la moral del beneficio inmediato, donde el principio cede frente a la utilidad.
Muchos afirman que el panameño “castiga con el voto”, pero ese castigo es más emocional que ético. Se castiga la antipatía, no la inmoralidad; se sanciona al político sin carisma, pero se perdona al cuestionado que “resuelve”. Partidos y líderes con largo historial de señalamientos mantienen miles de seguidores fieles, no por moral, sino por estructura, tradición o conveniencia. El votante panameño se mueve por impulsos, no por principios. En redes sociales la situación es aún más visible. Allí, el ciudadano se convierte en un moralista feroz: exige rectitud absoluta, ataca la corrupción, cita valores y proclama indignación. Pero ese rigor digital se evapora en el mundo real. El “like” no se traduce en coherencia. La moral del teclado se desactiva frente a la papeleta. El panameño vive entonces en una doble dimensión: juez en Facebook, pragmático en la urna.
¿Por qué ocurre esto? Las causas son múltiples: desconfianza total en la clase política, ausencia de educación cívica, precariedad económica, una cultura histórica de permisividad y la sensación de que la corrupción es inevitable. Cuando el ciudadano piensa que todos fallan por igual, la moral deja de ser un filtro. Cuando siente que el Estado lo abandona, reemplaza el criterio ético por la promesa de beneficio. Y cuando la sociedad normaliza lo anormal, la exigencia moral se convierte en un discurso vacío más que en una convicción.
El mayor autoengaño del votante panameño es creer que actúa desde la rectitud, cuando en realidad actúa desde la conveniencia emocional o material. La brújula moral existe, pero gira según la necesidad. Se elige al que “ayuda”, no al que “corresponde”. Se elige al que “resuelve”, aunque resolvió para unos a costa de muchos. Se elige al que “promete”, aunque ya incumplió antes. La responsabilidad, aunque moleste admitirlo, no recae solo en los políticos. También recae en un electorado que exige decencia sin practicarla.
¿Puede cambiar esta realidad? Sí, pero requiere mucho más que discursos o indignación momentánea. Necesita un cambio cultural profundo. El votante debe comprender que la corrupción tiene costos, que lo que recibe hoy lo pagará mañana en impuestos, ineficiencia o desigualdad. Necesita educación cívica real, no decorativa. Y requiere un sistema donde la moral sea un criterio de elección, no un adorno retórico.
Mientras la moral siga siendo un tema de conversación y no un criterio de voto, Panamá seguirá atrapada en el mismo ciclo: candidatos cuestionados ganando elecciones, ciudadanos sorprendidos de sus propias decisiones, y un país que se indigna cada cinco años sin aprender a exigir con coherencia. El secreto más incómodo de nuestra vida democrática es sencillo: la moral del gobernante refleja, casi siempre, la moral del elector que lo eligió. Y hasta que esa conciencia no despierte, el país seguirá votando con la billetera, no con la conciencia.