La imagen como relato: la mirada de Gloria Rudolf

Desde el 14 de abril hasta el 16 de mayo el Centro Cultural de España “Casa del Soldado” presenta la exhibición “La Esperanza Habla”, de la antropóloga Gloria Rudolf. Esta muestra reúne una selección de fotografías tomadas durante cinco décadas de trabajo etnográfico en Loma Bonita, una comunidad rural enclavada en la montaña de Coclé.

El trabajo de Gloria Rudolf es un ejemplo paradigmático en nuestra profesión; es de esos trabajos que sirven para explicar a los estudiantes de antropología qué significa y cómo debe hacerse una etnografía. Lo tiene todo: observación participante, estancias prolongadas, conocimiento profundo del contexto, relaciones de confianza, respeto, sensibilidad y un compromiso genuino con la comunidad. Pero lo es también por su capacidad de divulgación y por su devolución, que es precisamente lo que Gloria hace con esta exhibición.

Quisiera comenzar poniendo en valor el lugar que ocupa la fotografía en la antropología, pues es calve para comprender la relevancia de esta muestra. Desde los inicios de la disciplina, la imagen ha sido una herramienta clave en el trabajo de campo. Los primeros etnógrafos, como Bronisław Malinowski, recurrieron a la fotografía, en parte, como evidencia del principio metodológico más importante de la etnografía: “estar allí”. Muchas de sus imágenes lo muestran en escena, con su cuaderno de notas, entrevistando a sus informantes y ocupando una posición de autoridad frente a los trobriandeses, entonces concebidos como “objeto de estudio”.

Pronto emergieron otras formas de “estar allí” a través de la fotografía. Pienso, por ejemplo, en las imágenes de la antropóloga Margaret Mead en Samoa, sentada junto a mujeres locales en la puerta de sus casas. Ya no se trata de una presencia distante, sino de una que acompaña como medio para conocer y comprender. Esa fotografía me recuerda a las imágenes de la antropóloga Reina Torres de Araúz en Panamá, en los años sesenta, con mujeres indígenas. Recuerdo particularmente una fotografía en blanco y negro de Reina sentada junto a una mujer emberá a quien mostraba el contenido de un número de la revista National Geographic.

Hoy, muchas etnógrafas —como Gloria – optan por situarse detrás de la cámara. Esto, sin embargo, no implica ausencia; por el contrario, la decisión sobre qué fotografiar, a quién, cómo encuadrar y en qué momento hacerlo revela una presencia activa de la antropóloga en la producción del dato y en la construcción del relato.

Tradicionalmente, pensamos en el trabajo de campo y la etnografía como el ejercicio de observar, escuchar y escribir (tomar notas). Pero también es mirar; y en ese mirar, fotografiar. La fotografía constituye una forma de registro visual que complementa, y en muchos casos enriquece, la escritura.

Sin duda, existen muchas formas de documentar una realidad. En La Esperanza habla, la historia de Loma Bonita en los últimos cincuenta años se nos presenta a través de una narrativa visual construida a partir de fotografías profundamente humanas y cuidadosamente seleccionadas por la autora. Y aquí la imagen tiene un valor descriptivo y representacional tan potente como el texto.

Pero la fotografía no es solo una técnica de registro; es también un medio de divulgación científica. Permite compartir el conocimiento de manera accesible y sensible, al tiempo que construye una narrativa visual que, en este caso, da cuenta de la historia, los cambios y las continuidades en Loma Bonita.

Al mismo tiempo, cumple una función ética fundamental, en la medida en que constituye una forma de devolución para los protagonistas de las imágenes. De ahí la importancia de que estas fotografías permanezcan en la escuela de la comunidad: como memoria, como archivo y como parte del registro de su historia local.

Las imágenes de esta exhibición no solo nos hablan de Loma Bonita y de su gente; también nos hablan de su etnógrafa, de Gloria. En cada una de ellas se reconoce su mirada y, con ella, su sensibilidad, su afecto, su respeto, su agradecimiento y su compromiso; y sobre todo su forma de entender esta comunidad. La relación de confianza que se intuye entre la etnógrafa-fotógrafa y quienes protagonizan las imágenes es central en el relato visual. En este sentido, la exposición no solo documenta una comunidad, también narra un vínculo.

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