La ONU necesita más autoridad, peso y despolitización

En la elección del próximo secretario general de la ONU lo que está en juego no es una simpatía regional, ni un gesto de cuotas, ni una ceremonia de corrección política. Lo que está en juego es si Naciones Unidas seguirá hundiéndose en la irrelevancia o si recuperará un mínimo de autoridad moral, política y diplomática. Para eso, la organización necesita una figura capaz de frenar su declive, despolitizarla, volver a poner límites y hablar con peso frente a los grandes actores del mundo.

La crisis de credibilidad de la ONU se ha incubado durante años, al calor de una deriva ideológica que ha contaminado buena parte de su gestión, su lenguaje, sus prioridades y sus silencios. La organización se ha vuelto demasiado complaciente con ciertas agendas militantes y demasiado severa cuando el objetivo ha sido Israel o democracias occidentales afines, normalizando incluso, la presencia de figuras radicalizadas, la captura discursiva por la ideología y la conversión de la diplomacia en activismo.

Ahí está el caso de Francesca Albanese, relatora especial de la ONU sobre los territorios palestinos, convertida para muchos en un símbolo de sesgo ideológico y sectario. Ahí está también la inexplicable capacidad de la ONU para convivir con regímenes que violan, sistemáticamente, los derechos humanos mientras se les permite sermonear al mundo con una superioridad moral cada vez menos creíble, como es el caso de Irán: un régimen teocrático y represivo al que se le ha terminado concediendo espacios, gestos y hasta una cortesía diplomática que raya en la claudicación y ausencia de la sensibilidad moral que el momento exige.

En ese contexto, sostener que la próxima Secretaría General debe quedar en manos de una figura asociada a la continuidad ideológica sería un error histórico. Es por eso que Michelle Bachelet sería la peor opción de todas. No porque sea mujer, chilena, o por algún ¨cliché¨ de manual, sino por representar una línea política con fuerte carga ideológica de izquierdas, -mal llamadas ¨progresistas¨-, que no ayudaría a corregir el rumbo de la ONU sino a profundizarlo al ser una figura de continuidad y no de desideologización. Su trayectoria pública, especialmente en Chile y luego en organismos internacionales, ha estado marcada por una visión donde la izquierda populista ha sido un criterio de gobierno; y ese es, precisamente, el problema. En la ONU de hoy, ya sobran los perfiles que creen que la organización debe servir de plataforma para causas militantes, identitarias o doctrinarias. Lo que falta es una cabeza que imponga un giro con disciplina, neutralidad y jerarquía institucional, y Bachelet no encarna ese giro.

El caso del expresidente senegalés Macky Sall tampoco ofrece una alternativa satisfactoria. Senegal no ha sido precisamente un modelo de estabilidad institucional ni de ejemplaridad democrática sin fisuras. Sall arrastra la carga de una presidencia discutida, con episodios que generaron desgaste político y cuestionamientos severos. Convertirlo en el gran abanderado africano de la organización sería una apuesta arriesgada, sobre todo en un momento en que la ONU necesita menos simbolismo regional y más capacidad real de conducción. Además, no es menor el riesgo geopolítico de una mayor dependencia del eje africano en un sistema donde China ya ejerce una influencia desproporcionada con la que el margen de presión y de captación diplomática sería enorme.

En cuanto a Rebeca Grynspan, no parece una opción para encabezar el rescate institucional que necesita la ONU. Si bien su perfil es más moderado que el de Bachelet, sigue estando demasiado cerca de una sensibilidad progresista que no rompe con la lógica de la politización, y la ONU no necesita una versión más ¨tibia del mismo problema. Ahora bien, eso no significa que Grynspan carezca de valor. Al contrario: en una futura Secretaría General refundada, si decidiera abandonar su inclinación hacia el lenguaje ¨progresista¨ de moda, podría ser una figura útil dentro de un equipo orientado a reconstruir la organización, como parte de una estructura que ya haya decidido girar hacia la sobriedad institucional.

Frente a ellos, el candidato argentino aparece como la opción más fuerte y más necesaria. Rafael Grossi no viene a regalar consignas, sino a aportar estatura. Tiene experiencia real en negociaciones de alto voltaje, conocimiento multilateral profundo, capacidad de interlocución con potencias y adversarios, y sobre todo algo que hoy escasea en Naciones Unidas: presencia. En tiempos en que el mundo se desordena, el Secretario General no puede ser un administrador tibio de equilibrios rotos. Tiene que ser alguien capaz de imponer respeto, de corregir abusos internos y de enfrentar sin miedo la politización instalada en la casa central de la ONU. Grossi representa una idea correcta y oportuna: la ONU debe dejar de actuar como megáfono de corrientes ideológicas y populismos, para volver a ser un instrumento de mediación, negociación, diplomacia, equilibrio y autoridad. No se trata de ser “neutral” por tibieza, superioridad moral o moda, sino por convicción, responsabilidad y realismo que es, precisamente, lo que le falta.

Si la ONU quiere sobrevivir como algo más que una burocracia fatigada, necesita un liderazgo que no tema incomodar a las agendas dominantes. Por eso, entre la continuidad ideológica de Bachelet, la fragilidad política de Sall o la tibieza de Grynspan, Rafael Grossi es el único que entiende el tamaño del problema que supone una refundación real y entender el problema es gran parte de la solución.

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