La realidad de la corrupción

Hace cinco lustros (23 de agosto de 2001), publicaba algunas reflexiones sobre la corrupción en Panamá. Hoy retomo y comparto algunos párrafos que considero necesario que no debemos pasar por alto.

“Un inventario de los logros obtenidos por la corrupción política en Panamá, revelaría los niveles del desarrollo alcanzado por este fenómeno social, especialmente durante las tres últimas décadas. Pero, en los dos últimos lustros, más que conocer el alcance, sus manifestaciones, los posibles y necesarios remedios, las cúpulas políticas de nuestro medio han insistido más en manipularla, en utilizarla para engañar.

“En los últimos años, los gobernantes han procurado evitar que se le preste una atención seria, responsable y crítica a la corrupción política para combatirla y han logrado que muchos de los interesados en el imperio de la Ley y en una mejora del funcionamiento del sistema democrático no vean el peligro que representa este problema real, calificado de “endémico en todas las formas de gobierno”...

“Las denuncias ciudadanas de variopintos actos de corrupción política, tienden a incrementarse por la conducta deshonesta de los actores públicos. Y aun cuando los estudiosos admiten que en las dictaduras la corrupción es tendencialmente más intensa que en las democracias, resulta ser que en Panamá, la impresión (percepción) de la mayoría de la población, es que “ahora hay más corrupción que antes”. La realidad es que la ausencia de un verdadero Estado democrático de Derecho, el mantenimiento y defensa de las estructuras y procedimientos políticos impuestos durante la dictadura y su idolatría a la matriz local de corrupción política que es la constitución militarista vigente, contribuye a la “percepción” y a la realidad: hay corrupción y, lo peor de todo, es que no se hace de parte de la sociedad, lo necesario combatirla.

“La corrupción -dice Robert Klitgaard- distorsiona la asignación eficiente de bienes, introduce externalidades negativas, rompe la confianza económica, crea situaciones innecesariamente aleatorias, mina los criterios de mérito y economía, distorsiona el sistema de incentivos, crea castas de buscadores de rentas fáciles, desvía recursos hacia actividades improductivas.

En “La corrupción política”, el catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, Francisco Laporta, nos enseña que “la corrupción genera, sobre todo, un particular sentimiento de enajenación y cinismo que tiene consecuencias directas en términos de inestabilidad política y desconfianza hacia el sistema y consecuencias indirectas perversas: la percepción del fraude a las leyes induce en los ciudadanos la actitud pícara del que trata de escaquearse o encontrar atajos al margen de la ley, con lo que los esquemas generales de cooperación política, social y económica se resienten y los gobernantes se ven obligados a redactar más normas, más procedimientos y cautelas, que llevan directamente a la sobre-regulación, que es, a su vez, un caldo de cultivo de la corrupción.

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