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El concepto de ayuda mutua proviene de la unión entre dos términos latinos: adiutāre, que significa apoyo, asistencia o cooperación; y mutuus, que hace referencia a algo que ocurre entre dos partes, entidades o personas. Este principio se encuentra profundamente arraigado en las comunidades campesinas peninsulares, especialmente en Los Santos, Herrera, Veraguas y Coclé. Es el fundamento que da origen y soporte a “la junta de embarra”, “la junta de corta de arroz” y otras, como la de zocuela, limpiar potreros, entre muchas más.
Conversando con mi buen amigo y coterráneo José Ramón Castillero —ascendido recientemente a coronel de bomberos luego de más de 50 años en la institución— me relató que “el pasado 11 de diciembre, después de 21 años sin tocar una espiga de arroz, fue invitado por el compañero bombero Luis Acevedo a su junta de corta de arroz, para rememorar los tiempos pretéritos en que nuestros antecesores realizaban esta actividad”.
Durante nuestra charla recordamos todo lo que precede a una junta de corta de arroz, que generalmente consistía en “ganar y pagar peones”. Me contó que sus amigos se sorprendieron de su habilidad cortando arroz con la cuchilla denominada “avioncito”, instrumento que requiere gran destreza, pues un descuido puede costar la “ñema de los dedos”. Ellos desconocían que su recordado padrastro, Félix Espinoza, le había enseñado ese arte con la cuchilla de puño o “cangreja” cuando apenas tenía 12 años.
Volvieron a nuestras memorias las reglas no escritas de aquellos tiempos, en que cada quien tenía un papel específico. Los mozos de 15 años en adelante y los adultos realizaban la parte pesada de la tarea; los mozalbetes, por lo general, eran aguateros, llevando y trayendo los aparejos. Las damas, en especial las adolescentes, con sus coqueterías buscaban atraer las miradas de los mozos. Desde el día anterior eran las encargadas de preparar los alimentos que se consumirían en la jornada.
Para llegar a la culminación de una “junta de corta de arroz” era necesario comenzar con la junta de zocuela o desmonte de la rosa donde se sembraría el arroz; luego la de siembra a chuzo; y más tarde la de “sajogar” el arrozal, es decir, cortar la maleza que crece entre las plantas. Esta última se realizaba con un machete curvo muy pequeño, confeccionado en Las Tablas por el herrero famoso, don Lalo Vásquez, para no maltratar la planta tierna de arroz. Finalmente llegaba la esperada “junta de corta de arroz”.
En todas estas juntas se cumplían reglas no escritas que aún hoy se mantienen vigentes. Por ejemplo, el desmonte se hacía en los primeros días de enero, para que el sol de la estación seca permitiera que la maleza se secara y pudiera ser quemada a fines de marzo. Luego, entre los días de La Cruz y San Isidro, se realizaba la siembra a chuzo, con el fin de que la semilla germinara con las primeras lluvias. Generalmente, el campesino tableño sembraba entre una y una lata y media de semilla de arroz (una lata equivalía a un envase de cinco galones, los mismos que en aquel tiempo contenían aceite comestible).
Aproximadamente, a las 6:30 de la mañana iban llegando los concurrentes a la junta, siendo recibidos con un desayuno consistente en carne guisada, bollos de maíz viejo, tortillas, queso blanco, chicharrones y, por supuesto, la infaltable taza de café negro. Tras los saludos, se internaban en el arrozal para cumplir la tarea.
Con la sinfonía de gritos y salomas de los participantes, se iniciaba el trabajo, acompañado de uno que otro trago de whisky o seco. A las 11 de la mañana se iban formando los “comejenes” o “piñas” de arroz, que debían colocarse con la cabeza de la manotá hacia adentro, para evitar que la caña de la espiga se mojara y se pudriera o “ se naciera” el arroz recién cortado. Estas piñas se levantaban en medio del arrozal.
Cumplida la tarea, todos pasaban a disfrutar de una suculenta sopa de hueso de res con arroz blanco, de la cual daban cuenta entre los comensales.
Concluimos con mi amigo José Ramón que “las juntas de corta de arroz” son una de las pocas manifestaciones tradicionales que prácticamente no han sufrido alteraciones de influencers o “expertos”. Se desarrollan conforme a los tiempos establecidos por la experiencia y, aunque hoy ya no sea necesario desmontar el terreno para la siembra, se mantiene vivo el espíritu de unidad entre participantes, amigos y familiares. Y de paso, ya nos invitaron a una “junta de corta de arroz” el próximo año y, si Dios y Santa Librada así lo permiten, allí estaremos.