• 26/05/2026 00:00

Lo desagradable del nepotismo

En mi nuevo libro, próximo a publicar, “Dinero Sucio: Crónicas de corrupción y lavado de activos entre presidentes, empresarios y narcos”, me referí al mal del nepotismo, pecado que muchos políticos condenan con fuerza cuando están en la oposición, pero practican sin pudor al llegar al poder.

Ocupé distintos cargos públicos y más de un pariente cercano me pidió “tirarle la toalla” porque no tenía trabajo. Me gané miradas chuecas en reuniones familiares. No comulgaba con el nepotismo, aunque me dijeran: “Willy, si todos lo hacen”.

Fui legislador durante ocho años y medio, alcalde por quince meses, manejando más de dos mil funcionarios, y embajador de Panamá ante la Organización de Estados Americanos durante tres años y medio. Nunca empleé a un pariente. Quien me reemplazó en la Alcaldía sí nombró a varios familiares.

Al final de la dictadura, siendo legislador de oposición, los funcionarios públicos tenían que escucharme y recibirme.

Conocía a Rafael Arosemena, nombrado por el régimen militar como gerente general del Banco Nacional. Un día me informaron que estaba violando la ley orgánica del banco al tener allí nombrado a uno de sus hijos. Esa norma, en su artículo 27, prohibía al gerente general nombrar como funcionario del banco a su cónyuge o a parientes dentro del cuarto grado de consanguinidad o segundo de afinidad. La misma restricción aplicaba a los miembros de la junta directiva.

Verifiqué la información y le pedí una cita. Llegué al banco acompañado de mi suplente, Raúl Arias de Para. Arosemena nos recibió amablemente y nos ofreció café.

Fui directo al punto:

—Rafael, quiero preguntarte algo: ¿alguno de tus hijos trabaja en el banco?

Sorprendido, me respondió que sí. Dos de sus hijos laboraban allí. Me explicó que una hija ya estaba en la institución cuando él llegó, pero que el varón sí había ingresado siendo él gerente general.

Le señalé que la ley orgánica lo prohibía expresamente. Contestó que desconocía esa disposición. Le recordé entonces que la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento. Prometió considerar el asunto, pero no hizo absolutamente nada.

Insistí y pedí cita al presidente de la junta directiva del banco, el empresario Arturo Melo, quien nos recibió en sus oficinas de Río Abajo. Increíblemente, se hizo acompañar de dos ejecutivos del banco. Uno era Constantino “Tinga” Peralta, a quien yo había denunciado en la Asamblea por actos de corrupción y que después terminó preso. El otro era el economista Jorge Luis Quirós.

Cuando expliqué la falta cometida por Arosemena, Quirós intervino con una respuesta insólita: dijo que, como Arosemena había sufrido un infarto, necesitaba tener a su hijo cerca.

Quedé estupefacto. Solo atiné a preguntar:

—¿Acaso ese hijo es médico?

Miré a Arias de Para y le dije: “Vámonos de aquí. No perdamos más el tiempo”. Y nos fuimos.

No aprendimos. Desde el gobierno de Endara estas prácticas se repitieron. Criticábamos los familiares que el general Torrijos tenía dentro de la administración pública y cómo esa conducta formaba parte del gobierno militar. Pero, tras diciembre de 1989, volvimos a ver lo mismo: el presidente propuso a su tío Jorge “Monono” Endara para dirigir la Caja de Seguro Social; el vicepresidente Ford pidió la Embajada de España para un hermano y la gerencia de la Zona Libre para un sobrino; y el presidente liberal Arnulfo Escalona pidió el IDAAN para un hermano.

En los mandos inferiores también abundaron los casos. Los únicos ajenos a esas prácticas fuimos los demócratas cristianos.

Ahora el nepotismo vuelve a repetirse, aunque existan normas administrativas que lo censuran en distintos niveles de la administración pública. Lo vemos en investigaciones de la ANTAI sobre alcaldes, representantes de corregimiento y funcionarios medios, pero también en los altos cargos, donde la permisividad parece mayor.

El presidente José Raúl Mulino defendió el nombramiento de su hermano José Javier como embajador de Panamá en Portugal, alegando que gozaba de toda su confianza y que no se avergonzaba de haberlo designado, por considerar que tenía experiencia y preparación diplomática. Seguramente habría dado una explicación parecida sobre el nombramiento de su cuñado como embajador de Panamá en Japón.

Lo que indigna a la población es ver a gobernantes que, llamados a servir desde el poder, terminan sirviéndose de sus beneficios y prebendas para favorecer a familiares y amigos.

El nepotismo debe erradicarse en todos los niveles: presidentes, ministros, alcaldes y representantes. No puede ser que las normas contra este flagelo se apliquen a unos y no a otros.

En una democracia decente, la ley debe valer para todos, sin excepción. El servicio público debe estar al servicio del país, no de la familia del gobernante.

* El autor es analista político
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