• 18/01/2026 00:00

Más allá del PIB: la pregunta incómoda que Panamá debe responder

Durante años, Panamá ha sido presentado —y se ha presentado a sí mismo— como una historia de éxito económico. Altas tasas de crecimiento, un producto interno bruto (PIB) que supera el promedio regional y una economía abierta y dinámica han servido como carta de presentación ante el mundo. Sin embargo, para una parte importante de la población, esa narrativa no coincide con la experiencia cotidiana. Y no se trata solo de percepciones: es una brecha estructural que hoy comienza a ser reconocida incluso en los más altos foros internacionales.

Esta semana, expertos económicos reunidos en la sede de las Naciones Unidas en Ginebra impulsaron la iniciativa “Más allá del PIB”, que propone un cambio profundo en la forma en que medimos el progreso de los países. El planteamiento es tan simple como disruptivo: el PIB aporta muy poca información sobre el bienestar real de las personas, la sostenibilidad ambiental y la cohesión social. En palabras del Secretario General de la ONU, António Guterres, seguir dependiendo casi exclusivamente de esta métrica nos ha llevado a desequilibrar las dimensiones económicas, sociales y ambientales del desarrollo.

Panamá es, en muchos sentidos, un caso emblemático de este problema.

El PIB crece, pero la desigualdad persiste. El promedio nacional mejora, pero las brechas territoriales se mantienen —o incluso se profundizan— entre el Panamá urbano y el Panamá rural e indígena. Las cifras macroeconómicas lucen sólidas, mientras millones de personas enfrentan dificultades para acceder oportunamente a servicios de salud, educación de calidad, agua potable, vivienda digna o protección social. El crecimiento económico existe, pero no se traduce de manera automática en bienestar.

Esta contradicción no es accidental. Como señalan los economistas que respaldan la iniciativa de la ONU, el PIB tiende a valorar positivamente actividades que generan transacciones monetarias, incluso cuando estas agotan recursos naturales, deterioran ecosistemas o erosionan el tejido social. El PIB suma cuando se deforesta, cuando se contamina o cuando se responde a una crisis, pero no descuenta los costos ambientales, sociales ni humanos que esas actividades generan.

En Panamá, esta tensión es evidente. La crisis hídrica, los conflictos socioambientales, la presión sobre los recursos naturales y los debates en torno al uso del territorio no aparecen reflejados como pasivos en las cuentas nacionales. Tampoco lo hacen la pérdida de confianza en las instituciones, la inseguridad económica de amplios sectores de la población ni el desgaste del capital social. El PIB crece, pero la base que sostiene ese crecimiento se vuelve cada vez más frágil.

Uno de los aportes más relevantes del enfoque “más allá del PIB” es su énfasis en indicadores de bienestar como la salud, el capital social y la calidad del medio ambiente. No se trata de variables secundarias o “sociales” en un sentido marginal, sino de factores centrales para la prosperidad económica a largo plazo. Un país con un sistema de salud fragmentado, altos gastos de bolsillo, desconfianza institucional y deterioro ambiental no es un país verdaderamente próspero, aunque sus cifras macroeconómicas así lo sugieran.

Este punto conecta directamente con varios de los desafíos estructurales que Panamá arrastra desde hace décadas. La fragmentación del sistema de salud, la carencia de una educación pública de calidad, la informalidad laboral, la debilidad de la protección social, la pobreza multidimensional en territorios específicos y la persistente desigualdad no son solo problemas sociales: son fallas del modelo de desarrollo. Ignorarlas en la medición del progreso equivale a gobernar con información incompleta.

La ONU propone avanzar hacia un “cuadro de mando” de indicadores de desarrollo sostenible, alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que permita a los gobiernos tomar decisiones basadas en lo que realmente viven las personas, y no únicamente en promedios macroeconómicos. Para Panamá, esto representa una oportunidad estratégica que no debería desaprovecharse.

Gobernar más allá del PIB implicaría, en primer lugar, dejar de esconder las desigualdades detrás de cifras agregadas. Significaría evaluar el éxito de las políticas públicas en función de resultados concretos: mejoras en salud, reducción del gasto de bolsillo, acceso efectivo a servicios básicos, protección ambiental, cohesión social y bienestar subjetivo. También permitiría orientar mejor el presupuesto público, focalizar intervenciones en los territorios más rezagados y fortalecer la rendición de cuentas.

Pero ir más allá del PIB también exige decisiones incómodas. Obliga a reconocer que no todo crecimiento es deseable, que algunas actividades económicas generan beneficios privados pero costos públicos, y que el desarrollo no puede medirse únicamente por cuánto produce una economía, sino por cómo y para quién produce. En un país con profundas fracturas sociales, este debate es inevitablemente político.

No se trata de abandonar el PIB, sino de ponerlo en su justa dimensión. El crecimiento económico importa, pero no puede seguir siendo la única brújula. Medir lo que realmente importa —el bienestar humano hoy y la sostenibilidad mañana— es una condición para reconstruir la confianza ciudadana, fortalecer la cohesión social y garantizar gobernabilidad democrática.

La iniciativa “Más allá del PIB” nos confronta con una pregunta que Panamá ya no puede seguir postergando: ¿queremos seguir celebrando cifras, o empezar a construir bienestar?

* El autor es médico, exrepresentante de la Organización Mundial de la Salud
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