Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
Hay ocasiones en que inevitablemente la tristeza permea lo que uno escribe, llámese artículo de opinión, ensayo, cuento, poema o novela, entre otros textos destinados a ser compartidos con lectores sensibles. El tema de la muerte es, sin duda, el principal catalizador de esa tristeza cuando lo que la motiva es el fallecimiento de alguien que marcó pautas positivas en nuestra vida.
El último de esos motivos es el que me unía entrañablemente a Griselda López (1938-2026), durante más de cuarenta años. Una relación no sólo de amistad, sino de sincero afecto y confianza. Cuando a la admiración por los dotes de orden profesional de alguien se suman los afectos que una relación amical ha ido construyendo a partir de situaciones concretas, difícilmente puede uno darse el lujo de fingir demencia cuando esa persona un día es golpeada por la adversidad.
Ha sido, lamentablemente, el caso de la muy admirada periodista, cuentista y mujer de altos principios que en vida se llamó Griselda López. Tras largo periodo de espartano sufrimiento a causa de una cruel mezcla de cáncer y alzhéimer, nuestra querida amiga -no creo que tuviera enemigos- finalmente pudo descansar.
Para hablar de mi relación con Griselda debo remontarme a la década de los setentas del siglo pasado, cuando un grupo de intelectuales panameños de extrema izquierda fueron obligados por la primera etapa del gobierno represivo de Omar Torrijos a exiliarse en México durante casi una década. En ese momento ya estaba yo becado en ese gran país como único escritor centroamericano, junto con otros seis jóvenes autores mexicanos.
Uno de los panameños que tuvieron que acogerse al exilio fue el poeta Ramón Oviero (seudónimo de José Iván Romero), esposo de la periodista Griselda Lópéz. Los otros eran Dimas Lidio Pittí, Diana Morán, Jorge Turner, José Manuel Bayard Lerma y un hermano del guerrillero urbano panameño Floy Britton, entre otros.
Habiéndose terminado mi beca, yo había decidido jugármela quedándome indefinidamente en México para aprovechar las muchas formas de vivir de la literatura: sobre todo publicando cada domingo en suplementos de los periódicos Excélsior, Novedades, El Heraldo de México y Novedades, diversos textos de mi autoría, y cada periódico me pagaba por ello.
¿Qué tiene todo esto que ver con Griselda? Era la esposa del poeta Oviero, quien se dio a la infame tarea de declarar en cada uno de esos periódicos, que en Panamá se sabía que yo era un agente de la CIA, y que por tanto cada uno de esos medios estaba moralmente obligado a dejar de publicarme, aislándome como traidor a la gran patria latinoamericana que empezaba a gestarse en “la heróica Cuba de Fidel Castro...”.
Griselda no solamente me defendió contradiciendo la canallada del marido personalmente en cada uno de dichos medios, sino que se peleó con él. ¡Si algo no soportaba era la calumnia! Eso habría de confesármelo años más tarde, ya divorciada, tomando café una tarde en su pequeño apartamento de la ciudad de Panamá. Y es que poco tiempo después del obligado exilio de los izquierdistas panameños, me explicó, ella había viajado a México no sólo para acompañar al marido en su exilio, sino para ella aprovechar su estancia especializándose en radio, cine y televisión educativa, como en efecto lo hizo.
Maravillado ante varios cuentos inéditos suyos que me tocó conocer a finales de 1970, la incluí en mi primera antología, publicada en una pequeña editorial mexicana: “Antología crítica de joven narrativa panameña“ (1971), junto con un grupo de recientes cuentistas nacionales: Pedro Rivera, Moravia Ochoa López, Dimas Lidio Pittí, Bertalicia Peralta, Enrique Chuez, Luis Carlos Jjiménez Varela, Roberto Mackay, Arysteides Turpana y yo mismo. El libro sería reseñado favorablemente en el Excélsior por la destacada escritora mexicana Rosarios Castellanos.
En una ocasión, siendo profesora de Periodismo en la Universidad de Panamá, me invitó a hablarle a sus alumnos en una de sus clases. Las sorprendentes preguntas de varios de ellos al final de la sesión me dieron una idea muy clara acerca de la calidad de su enseñanza, y así se lo hice saber al final frente a sus alumnos. ¡Todavía recuerdo los aplausos!
Perder a Griselda representa para quienes amamos la Cultura y la decencia por encima de todas las cosas pasajeras de la vida, un dolor hondo y un vacío imposible de llenar. Recomiendo repasar su vida, sus logros intelectuales, sus cuatro magníficos libros de cuentos como antídoto a los dogmatismos que avanzan por el mundo amenazando catapultarnos hacia atrás...
Le propongo a los directivos de “La Estrella de Panamá” crear cuanto antes un Premio Anual de Periodismo que lleve muy en alto el nombre de Griselda López (paralelo al Premio Nacional de Literatura “Ricardo Miró”): las Bases habría que redactarlas, al igual que ir pensando en un primer jurado idóneo. La fecha de arranque podría ser la primera semana de enero de 2027.
Podría participarse con la presentación de 10 artículos de opinión inéditos, muy diversos entre sí y, por supuesto, hacerlo mediante seudónimo. El premio podría ser tanto la publicación de un librito que recoja dicho material, como además un estímulo en efectivo. Premio que no tendría que resultar muy oneroso para el periódico, pero sí un significativo aliciente para quien con orgullo profesional lo obtenga. ¡A Griselda le encantaría!