• 01/11/2014 01:00

Los símbolos de mi patria

No dejamos por fuera, en esta visión, las luchas históricas por la soberanía, los caídos, esos ‘retazos de la vida’

No es posible valorar la patria ni que ella se construya en el imaginario colectivo, en ausencia de una cultura que le otorgue sustancia. Y una cultura de la patria no nace por sí sola, se tiene que recrear en el proceso histórico de donde la simbología hace de lo nacional una fuente inspiradora de la nación; que ella, la patria, sea sentida como parte de ‘uno mismo’, y esto sin importar edades, género, etnias, ideas. Lo que importa es el ser panameño. Eliminar la asignatura Panamá — EE. UU., como hizo la administración Molinar, es atentar en contra de esa simbología.

Ya, en sus orígenes, en las luchas independentistas, los símbolos —como la bandera— ocuparon espacios importantes en la motivación de los actores del conflicto. Hoy día, en las escuelas, en los actos protocolares, en los campos deportivos, los símbolos patrios nos concitan en un solo coro para enaltecer nuestra panameñidad. Así, el cantar el himno nacional, el izar y arriar la bandera, en cada uno de estos momentos resaltamos nuestra identidad y nos representamos en ellos. Valoramos así el terruño, se exaltan las emociones y se aceleran los corazones por lo que es la PATRIA.

En Panamá, desde Constituciones Políticas de 1941, quedó establecido que la bandera, el himno, y el escudo son los símbolos de la patria. En 1949, se dicta la Ley 34, con la que se legisla sobre los ‘elementos representativos’ de la República y se decretan medidas sobre el uso de los mismos. Esta Ley es modificada en el 2012 con la Ley 2, la cual, entre otras cosas, crea la Comisión Nacional de Símbolos Patrios con la función, principal, de ‘promover el uso adecuado de los símbolos de la nación’.

La identidad como nación, la necesidad de construirla como sujeto histórico, llevó a la creatividad humana a extraer de su contexto, enmarcado en un territorio, en la aspiración de la población y en una cultura de la pertenencia; extraer —dijimos— de estos elementos, las expresiones simbólicas (que no se aíslan en los símbolos patrios creados por ley), y así fortalecer el espíritu y el ideal en la conciencia de que somos nacionales de un país. Es la cultura de lo propio, la creencia y aceptación de que tenemos una PATRIA y que ella enaltece.

Desde luego que el sentido de la patria no es reducible a lo que establezca una legislación. Como bien lo canta Rubén Blades, ‘patria son tantas cosas bellas’, como ‘aquella vieja pared del barrio’, como aquellos que ‘gritan... bandera, bandera, bandera’. Y qué decir de aquellos que nos representan, con triunfos o con derrotas, pero que llevan a lo más alto de las emociones los gritos, el llanto, los saltos, y todo esto porque lo que está en juego es el nombre PANAMÁ. Así, con el deporte, con el arte, y otras manifestaciones, también construimos la patria panameña.

No dejamos por fuera, en esta visión, las luchas históricas por la soberanía, los caídos, esos ‘retazos de la vida’, como escribió el poeta, que nos permitieron soñar, primero, y lograr después, la patria soberana. Los sentimientos vibran y se dimensionan con la gesta de los mártires; es el dolor mezclado con la satisfacción de un pueblo agredido por la dignidad de la sangre joven frente a la cobardía del agresor. Episodios de la patria que no se olvidan aún de las actitudes reprochables de eliminar la enseñanza de estos episodios de la historia nacional.

*DIRECTOR DEL IDEN, UNIVERSIDAD DE PANAMÁ.

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