• 11/12/2015 01:00

Nuevo presidente de Argentina, paradoja democrática

La llegada a la Presidencia de Argentina del empresario Mauricio Macri comenzó con señales mesiánicas 

La llegada a la Presidencia de Argentina del empresario Mauricio Macri comenzó con señales mesiánicas, al considerarse a sí mismo como un ser superior llamado a imponer su propia voluntad a una nación polarizada y necesitada de un talante conciliador que no ponga en riesgo la democracia.

El tono exaltado empleado en la última conversación telefónica con la mandataria saliente Cristina Fernández de Kirchner —llegó a gritarle para implantar la agenda de su asunción al poder— va dibujando lo que será el nuevo gobernante de ese país sudamericano.

Macri no ha asimilado que el peronismo obtuvo 49 % de los votos y que él ganó con el 51 %. La diferencia es tan pequeña, pero ha hecho poco por demostrar respeto por los que no lo votaron.

Hasta el momento, Macri ha ocultado la verdadera medida de su ambición presidencial, aunque ya ha dado signos de que pretende gobernar como un monarca estirando el poder a través de reelecciones sucesivas. Ello demanda que su presidencia resulte exitosa. Y eso está por verse.

Como alcalde de Buenos Aires y durante la campaña electoral, Macri demostró escasas habilidades políticas y poco carisma. Pero posee un sentido práctico. Este ingeniero de 56 años, proveniente de una de las familias más acaudaladas de Argentina, se reinventó por completo con el propósito de dejar de generar miedo en la clase media, los sectores pobres y marginados. El año pasado las encuestas le daban solo un 13 % de apoyo electoral y lo definían como el multimillonario clásico distante de los problemas de la gente común.

El asesor ecuatoriano Jaime Durán Barba fue el responsable de diseñar al nuevo Macri. Lo obligó a que tres veces por semana visitara la casa de algún simpatizante elegido al azar y que escuchara sus problemas. También empleó el recurso de centenares de llamadas telefónicas a personas desconocidas para preguntarles qué harían si fueran presidente. Todo formaba parte de un libreto que era grabado en video por un equipo de prensa que editaba lo más emotivo y lo lanzaba por las redes sociales. En video y carteles siempre se vio a un Macri reinventado, rodeado de gente, nunca solo, para mostrar su cercanía son los argentinos.

Quizá el principal desafió será generar confianza en los mercados y en los argentinos que se estima guardan ocultos en efectivo unos $200 000 millones. Para tal fin Alfonso Prat Gay, exejecutivo de JP Morgan, manejará la economía.

En política exterior, Macri anunció que se acercará a Estados Unidos y la Unión Europea y —como lo ha anticipado el precandidato presidencial estadounidense Donald Trump— se alejará de China, Irán y Rusia.

Con ese propósito nombró como ministra de Relaciones Exteriores a Susana Marcorra, quien se desempeñó por más de una década como funcionaria de Naciones Unidas, donde llegó a ocupar la jefatura de gabinete del secretario general, Ban Ki-moon.

Al igual que el resto del gabinete, Marcorra también ha formado parte del mundo de las grandes empresas. El problema es que Macri pierda la perspectiva y confunda a la Argentina con una de sus empresas. Otra incógnita es saber qué quiere hacer el nuevo presidente con la justicia. Hasta ahora ha insistido en que la justicia será independiente, pero en Argentina nadie cree en esas palabras. Cada vez que Macri tenga una crisis económica, va a buscar a quién meter preso para legitimarse, opinan analistas.

Los problemas de gobernabilidad se agudizarán a lo largo de su gestión. Con solo 91 de los 129 diputados requeridos para aprobar leyes y 15 de los 37 senadores necesarios para esa finalidad, deberá negociar permanentemente con la oposición. Su éxito va a depender de la habilidad para conquistar consensos en torno a políticas inevitablemente conflictivas. Entre ellas su anunciado recorte de los subsidios a la electricidad, el gas y el transporte público.

No puede anticiparse si Macri posee la suficiente dosis de talento como para no fracasar anticipadamente. Deberá ganarse a la mitad de los argentinos que no lo votaron y que, de acuerdo a las encuestas, en su gran mayoría apuntan a que sucumba antes de tiempo. En el caso de Argentina y en el resto del mundo donde se llevan a cabo procesos electorales democráticos, la historia demuestra que en muchas ocasiones la mayoría se equivocó y que las minorías tenían la razón. Es parte de las paradojas de la democracia.

PERIODISTA

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