• 29/11/2012 01:00

El onceavo mandamiento

De acuerdo a las Sagradas Escrituras los 10 mandamientos fueron escritos por Dios mismo y se los entregó a Moisés contenidos en dos tabl...

De acuerdo a las Sagradas Escrituras los 10 mandamientos fueron escritos por Dios mismo y se los entregó a Moisés contenidos en dos tablas de piedra. Los primeros cuatro mandamientos abarcan las relaciones del hombre con Dios. Afirman que hay un solo Dios que exige adoración exclusiva y directa. Señalan que el nombre de Dios debe ser reverenciado y venerado. Ordena respetar la santidad del sábado como día de culto, porque vincula la adoración al Dios Creador del Universo con el descanso de las actividades cotidianas.

Los otros seis mandamientos definen las relaciones con los demás seres humanos. Tanto el padre como la madre deben ser honrados y se reprueba la infidelidad matrimonial, la promiscuidad sexual y toda conducta inmoral. También protegen a la Humanidad. Nadie puede tomar la vida ni la propiedad de otro. Esto incluye emitir testimonios falsos, así como robar el dinero ajeno. Prohíben expresamente hablar mentiras y tratar de silenciar la verdad. Dios condena codiciar la casa, la mujer o cualquiera posesión del prójimo. Contrario a quienes han pretendido torcer el Decálogo, Jesús dijo: ‘Hasta que pasen el cielo y la Tierra, ni una jota ni una tilde se alterará de la ley’.

Pero Juan Carlos Navarro, pretende ampliar el Decálogo y enmendarle la plana a Dios. ¿Por qué no se aplica a sí mismo y al CEN los 10 mandamientos, en lugar de profanar esa regla de conducta dada por el propio Creador del Universo? Su cacareado onceavo mandamiento hace recordar el código de silencio denominado omertá. Un silencio impuesto por grupos mafiosos para ocultar de la opinión pública y de la autoridad legítima sus actividades delictivas, todo lo que se sabe, se ve y se escucha. A los que no son parte de esa cultura criminal, y que muy a su pesar viven en ese espacio, se les impone la omertá, el onceavo mandamiento de la mafia.

Navarro y su entorno no argumentan ni debaten, solo amenazan y golpean. Exigen una unidad sin contenido, sin proyecto autónomo de poder. Omar Torrijos no aceptaba la lealtad personal como sustituto de la conceptual, ni se le ocurrió exigir un cheque en blanco, porque conocía que en ambas conductas se anidaba la traición. Pero los que únicamente saben dar la hora que el capo quiera y que solo aprendieron a cuadrarse ante el mandón de turno —como lo hicieron con Manuel Noriega al que pidieron regaños— esos solamente responden con puño y gruñidos.

El vil recurso de la conspiración, de construir enemigos y confabulaciones de acuerdo a sus necesidades e imputárselo en forma indiscriminada a todo el que los contradiga esconde una desviación autoritaria, que busca anular al que piensa distinto o se siente avasallado en sus derechos. Según ellos hay que dejar de pensar, de criticar, de ventilar, de cuestionar, que la membresía se autocensure, porque el jefe es el jefe, que lo sabe todo, que llevará al PRD al poder, junto con los que no conocen otra cosa que vivir de los puestos públicos. Ante la sinvergüenzura, un estruendoso coro de sinvergüenzas que cubre con un manto de silencio las actuaciones del jefe.

Con sus muecas anuncian que la unidad no se construye sobre la diversidad y el disenso, sino sobre el plomo y el oro. No saben cómo representar al PRD, ni saben cómo repensar el país, mucho menos cómo resolver la angustiosa crisis de intermediación entre un ciudadano que no se siente representado y unos mecanismos de intermediación política, como los partidos, que han sido envilecidos hasta el punto de que no generan confianza, ilusión, ni mística.

Algo anda mal en la dirección del PRD cuando la ambición ciega y la intolerancia son sus consejeras. El resultado es el empeño del nuevo condotiero en equivocarse y llevar al partido rumbo al despeñadero. Puede tener la fuerza que le dan los dólares de los socios de Martinelli, pero no la legitimidad ni la credibilidad para restaurar la unidad y la moral torrijista, conectar al PRD con la sociedad y convertirlo en un factor político activo, beligerante, capaz de volver a ofrecerle a la Nación un proyecto de poder democrático en consonancia con el momento histórico por el que atraviesa el país.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.

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