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- 15/05/2026 00:00
¿Qué significa realmente que un tribunal internacional decida trasladar su sede por unos días a nuestra ciudad? A simple vista, podría parecer un evento técnico para abogados y diplomáticos, pero la realidad es que la llegada de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) a Panamá, tuvo un impacto directo en nuestra identidad como nación y en nuestra imagen ante el mundo.
Este evento no es una coincidencia. Panamá se convirtió en la sede del 189° Periodo Ordinario de Sesiones de la Corte IDH en un momento cargado de simbolismo: La conmemoración del Bicentenario del Congreso Anfictiónico de 1826. Aquel sueño de Simón Bolívar, que buscaba la unión y el diálogo entre las naciones americanas, encuentra actualmente su expresión contemporánea en la protección de los derechos fundamentales. Al recibir a este tribunal, Panamá le dijo al mundo que sigue siendo el escenario natural para los grandes acuerdos y el respeto a la ley.
Ahora bien, más allá del simbolismo, cabe preguntarse ¿cómo este encuentro beneficia al país? Desde mi perspectiva, para el ciudadano común, la presencia de la Corte IDH en la sede del Parlamento Latinoamericano y Caribeño (Parlatino) fue una oportunidad de aprendizaje. No todos los días se tiene la posibilidad de presenciar audiencias donde se discuten casos que marcan el futuro de la justicia en países como Argentina, Guatemala o Venezuela.
Además, Panamá aprovechó esa visita para fortalecer sus propios procesos. En el contexto de ese evento se realizaron visitas y audiencias de supervisión para casos locales, lo que ayudó a nuestras instituciones a mejorar y a garantizar que los compromisos que el Estado ha adquirido en materia de derechos humanos se cumplan con eficiencia.
En ese sentido, nuestro país reafirma su compromiso con el cumplimiento de las sentencias internacionales, recordando temas emblemáticos como el Caso Tristán Donoso Vs. Panamá (2009) y el Caso Vélez Loor Vs. Panamá (2010), cuya supervisión fue clave para seguir perfeccionando nuestro sistema judicial.
Una oportunidad única fue el seminario internacional sobre el derecho humano al cuidado: del diálogo jurisprudencial a las políticas públicas, actividad académica organizada en coordinación con el Órgano Judicial de Panamá, a través del Instituto Superior de la Judicatura de Panamá. En ese espacio, figuras del más alto nivel -como jueces de la Corte Interamericana, magistrados de nuestros tribunales y especialistas internacionales- se reunieron para debatir cómo la justicia puede proteger mejor a quienes cuidan y son cuidados en nuestra sociedad.
En este espacio, se destacó la inclusión de estudiantes universitarios. Para un joven en formación, eso representó una oportunidad maravillosa y difícil de repetir. En circunstancias normales, presenciar una sesión de ese tipo implicaría viajar a la sede de la Corte IDH, en Costa Rica.
En ese sentido, aprovecharon la oportunidad de tener la justicia internacional a la puerta de sus aulas. Escuchar de viva voz a los protagonistas del derecho interamericano nutrió su experiencia académica de una forma que ningún libro de texto puede igualar, permitiéndoles entender la dimensión humana detrás de cada norma jurídica.
Discutir el derecho al cuidado en Panamá permitió que nuestros funcionarios, académicos y futuros profesionales se nutrieran de las mejores ideas para crear políticas públicas más humanas. Es un tema que nos tocó a todos: ¿Cómo protegen los gobiernos a quienes cuidan de otros y a quienes necesitan ser cuidados?
Al ser anfitriones por tercera vez -ya lo hicimos en el 2011 y el 2017-, Panamá proyectó una imagen de estabilidad, compromiso y liderazgo. No somos solo un centro logístico o financiero, nos posicionamos como un referente del Estado de Derecho, como un hub de la justicia. Que organismos internacionales deliberaran en nuestro suelo, reforzó la confianza en nuestra seguridad jurídica y en nuestra capacidad para organizar eventos de altísimo nivel.
La presencia de la Corte IDH fue mucho más que un acto protocolar. Fue un recordatorio de que Panamá, fiel a su legado histórico de hace 200 años, sigue siendo el “puente del mundo”, no solo para el comercio, sino también para la justicia y la dignidad humana.