El edificio, cerrado hace más de una década por problemas estructurales, pasó de albergar a cientos de estudiantes a convertirse en un albergue temporal...
- 12/09/2009 02:00
Juicios sumarios del pasado y del presente
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega La Estrella en Google ↗️No es difícil encontrar a quienes condenen a otros por su nacionalidad, por su religión, por su raza, por su “clase” social, o por motivos semejantes. Pero actuar así sorprende por las injusticias a las que se llega.
Por ejemplo, ¿qué sensación produce alguien que, al encontrarse con un francés, lo acusa y lo critica por las matanzas de la Vandea (en francés, la Vendée) o por las conquistas de Napoleón? ¿O quién considera a todos los alemanes como culpables de las atrocidades de Hitler? ¿O quién critica a los estadounidenses, los nacidos ayer y los nacidos hoy, de la terrible matanza producida por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki? ¿O quién mira con sospecha a cualquier musulmán que encuentre por la calle, como si por creer en el Corán fuese cómplice de Bin Laden?
También ocurre que algunos atacan a los católicos de hoy como si fuesen inquisidores y violentos, como si llevasen siempre una tea para incendiar a sus opositores o para amenazarles si no se bautizan, porque en el pasado hubo católicos que actuaron de esa manera.
Lo mismo podemos decir de millones y millones de musulmanes, budistas, hinduistas, judíos, cristianos y miembros de otras religiones, que no tienen la más mínima relación de complicidad con lo que hayan realizado algunos miembros de esas religiones en contra de la justicia y de la paz.
Es absurdo e injusto condenar a inocentes por culpas ajenas. Uno de los principios básicos del derecho consiste en reconocer que solo es responsable de un delito quien lo ha perpetrado directamente o quien lo ha apoyado de modo eficaz. Lo cual es lo mismo que afirmar que es inocente cualquier persona que no ha cometido ningún delito y que no ha ejecutado actividades concretas para apoyar a los criminales en sus actos delictivos. Tener la nacionalidad o la religión de un asesino no significa automáticamente ser cómplice de lo que ese asesino realizó.
Hay que tener valor para romper prejuicios muy arraigados, pero que encierran errores que rayan en el ridículo. Porque es absurdo decir que los españoles tienen las manos teñidas de sangre indígena por lo que ocurrió hace siglos, o que los descendientes de los aztecas deben pagar a los descendientes de las víctimas de los sacrificios humanos cometidos en el pasado.
Vale la pena trabajar, y mucho, para dejar de lado juicios sumarios contra los grupos, contra las razas, contra las religiones. De este modo, podremos construir un mundo más vivible, más humano, más justo, porque será un mundo más verdadero y más sensato en sus apreciaciones sobre las culpas de unos pocos y sobre la inocencia de la gran mayoría de la gente.
*Sacerdote y filósofo. Roma, Italia.fpa@arcol.org