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- 06/08/2014 02:01
La salsa de los pelaos
El surgimiento del ritmo de la salsa, lejos de constituir un fenómeno espontáneo como producto de una moda casual, debe considerarse como fase de un largo proceso de maduración de la música popular —aunque según algunos, tuvo influencia en los bailes de salón en Francia— caribeña y resultado de múltiples factores que le dieron su perfil. De allí, su arraigo y variantes melódicas que sobrepasan el medio siglo de vigencia.
Esa cadencia basada en instrumentos de cuerda que suenan, quizás en forma dispar a una clave y que se dejan llevar por el retumbe de tambores —herencia africana— que dan la pauta para el movimiento de los cuerpos, constituyó una novedad al mambo de los años 40, al chachachá de los 50 y a la charanga de los 60; aunque sus raíces estaban en el son cubano. Pese a que éste había nacido casi con el siglo XX, su vigencia trascendía.
Algunos dicen que no hay diferencia entre el son y la salsa. Que quizás fue una estrategia comercial —o política— utilizar ese nombre, mágicamente concebido para bautizar a la melodía que salía de los grupos neoyorkinos, de origen cubano y para contrastar aquella que se había quedado con la revolución en la isla. Así se califica la gestión de Izzy Sanabria para crear el sello y movimiento de la Fania.
Algo caracterizó su popularidad en el Caribe y en la urbe estadounidense. Pese a sus sonidos tradicionales y la estructura, basada en la idiosincrasia de los viejos maestros, una entusiasta generación en los años 60, condujo la batuta hacia la universalidad. Pacheco, Pete ‘El Conde’ Rodríguez, Ismael Miranda, José ‘Cheo’ Feliciano, los mozos Willie Colón y Héctor Lavoe; luego Rubén Blades, entre otros, tuvieron tal responsabilidad.
Fue un movimiento joven con un soporte de viejos diestros. Eso vino a la mente cuando se abrió la segunda temporada del programa de televisión Pelaos con salsa en Telemetro, espacio en que Gilberto Santa Rosa, uno de los clásicos de este esquema musical, lleva de la mano a un grupo de seis adolescentes para sacar entusiasmo y una capacidad artística que debe ser construida, forjada y extraer nuevas competencias.
Para algunos, esta experiencia es quizás un momento de esparcimiento como cualquier oferta que surge en ese medio de comunicación, muchas veces definido como la ‘caja idiota’. Sin embargo, el esquema del concurso en esta fase, recoge segmentos que podrían consolidar una cultura salsera en un público televidente atomizado por tanta propuesta superficial, morbosa, estereotipada y sin mayor trascendencia.
La presencia del anfitrión junto a los chicos, hace que este sea el escenario de una carrera de relevos donde todos los participantes obtienen del conductor su influencia, experiencia y, sobre todo, talento que promueve una nueva oportunidad, llena de un espíritu creativo y que fuerza a los neófitos a jugar con la vertiente melódica del lenguaje y las palabras para cambiar nuestros tradicionales patrones educativos.
Son seis muchachos que provienen de diferentes sectores del país y que se encuentran ante la encrucijada de dar su fuerza juvenil a la interpretación de canciones que pertenecen al patrimonio latinoamericano y sobre todo caribeño. Quienes les escuchan, conocen perfectamente el repertorio. Sin embargo, ellos tienen el reto de hacer suyo el texto y la armonía, para devolver una secuela diferente, de su propia imaginación.
Este es un compromiso que, además de darle mayor sensibilidad a cada uno, en contraste a otras formas musicales actuales totalmente fuera de la racionalidad, les brinda la oportunidad de forjar en ellos un talento que quizás cambie sus vidas y les haga artífices de un modelo de conducta artística que posibilitará renacer la confianza en su futuro. Estas son las perspectivas que la audiencia espera.
*PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.