• 07/12/2010 01:00

Consumismo rampante y sonante

El consumismo es la nueva enfermedad del siglo XXI y es padecida por millones de personas que resultan impotentes ante la tentación de c...

El consumismo es la nueva enfermedad del siglo XXI y es padecida por millones de personas que resultan impotentes ante la tentación de comprar lo innecesario y gastar insaciablemente en productos sin ningún valor para la economía personal y familiar. Es una forma de estimulación no necesaria, propia del capitalismo voraz, destinada como mecanismo de sostenimiento de una actividad improductiva creciente.

Con esta definición podemos sentenciar que en la actualidad la sociedad panameña se ha convertido en un caldo fértil de consumistas. Panamá es un país donde su gente entre más tiene, ¡más quiere! Y este consumo rampante y compulsivo involucra a personas enfermas que no responden a sus necesidades como individuos, sino más bien a una adicción similar a la de las drogas, que entre más lo hacen y de más maneras, más difícil es detenerlas.

La enfermedad del consumismo está siendo tipificada por la Organización Mundial de la Salud con respecto a sus síntomas y tratamientos. El consumista, por ejemplo, tiene una conducta irracional, es insaciable con rasgos caprichosos y se autoestimula al comprar por comprar. Se le encuentra principalmente en centros comerciales, aunque ya hay muchos que adquieren su cuota de adrenalina a través de las compras por Internet. Generalmente se justifican de los baratillos y ofertas, racionalizan su comportamiento con la adquisición de nuevas tarjetas de crédito y obtienen una inmensa satisfacción con el ruido de las cajas registradoras.

Para ellos no hay crisis ni excusas. Consumen por todo y por nada. Incluso, hay muchos que viajan al exterior para conseguir lo último en la moda y supuestamente pagan precios más económicos. Los hay de todos los tipos, raza, procedencia social y credo. Son verdaderamente unos animales compulsivos, obsesivos y egocéntricos, y nada los detiene.

Solo una aceptación del problema puede dar luces para su solución. Pero mientras tanto, son una pesadilla para la familia y una buena fuente de ingreso para los comercios. Sus funciones mentales y emocionales más elevadas, como la conciencia y la capacidad de pensar, son seriamente afectadas por su consumo enfermizo. El arte de vivir se reduce a un nivel de monotonía: salen de sus casas de manera desenfrenada a consumir salvajemente lo que encuentren. Son esclavos de sus impulsos y no piensan sino en comprar, comprar y comprar. Algunos se endeudan y cometen fechorías para mantener el vicio, y con el tiempo hasta el ‘shopping’ se les convierte en una experiencia de desesperación. Se encuentran entonces en las garras de una enfermedad que los obliga a comprar para vivir y a vivir para comprar. Manipulan a las personas y tratan de controlar lo que les rodea. Mienten, roban, engañan y se venden, si es necesario. Tienen que comprar a toda costa, y el fracaso empieza a invadir sus vidas. Parece una exageración, pero muchos llegan a estar en este estado mental.

Es una lástima que las fiestas navideñas, más allá de su significado y alcance religioso, constituyan la época privilegiada del año para enaltecer las actitudes consumistas. En estas fechas, las empresas sacan sus productos al mercado y bombardean al consumidor con sus mejores ventajas y cualidades envueltas en celofán brillantes de la publicidad. Es imposible no caer en las redes del consumismo y comprar solo los productos alimenticios que se necesitan para las cenas y comidas navideñas. Al final, con las largas listas de regalos para familiares, amigos, clientes, proveedores y colegas, se desvirtúa el propósito principal y el mes de diciembre nos pasa como un torbellino, y lo único que deja son gastos y deudas.

Durante este período, los establecimientos y grandes centros comerciales se abarrotan de público en horarios que dan la vuelta al reloj, y los consumistas caen presa del momento dejándose llevar por la publicidad y la ansiedad de adquirir más productos de los que necesitan. Y es que las Navidades son las fiestas consumistas por excelencia y son pocos los que preguntan si alguien todavía se acuerda del significado de las celebraciones de Adviento, de los villancicos y posadas, del nacimiento del Niño Dios o del sentido religioso de la Noche Buena. Aparentemente, todo está servido para que la gente compre, gaste y siga consumiendo, porque todo el mundo ahora quiere comprar y regalar.

Definitivamente, son muchos los que sufren esta enfermedad que tiene manifestaciones antieconómicas que dificultan su detección, diagnóstico y tratamiento. El consumismo de los panameños refleja además una sociedad inmadura, incapaz de elegir libremente, que se ha transformado en esclava y que la convierte en un juguete manipulado por intereses espurios y comerciales.

*EMPRESARIO.

Lo Nuevo