Durante las últimas tres décadas, mi hábito de conducir automóviles ha estado guiado por la costumbre. Al aprender a manejar vehículos con transmisión manual, se desarrolla una memoria corporal tan firme que la mano derecha busca la palanca de cambios de forma instintiva. En mi experiencia, incluso tras cambiar a una trasmisión automática, diseñada para prescindir constantemente de la acción manual, la mano derecha intenta volver a su antigua función, lo que pasa por alto la orden racional de descansar mientras se conduce.

Esta automatización muestra cómo las costumbres están arraigadas al comportamiento hasta el punto de actuar al margen de la voluntad. Este fenómeno moral invita a reflexionar sobre aquellos hábitos desarrollados y su influencia en los gestos cotidianos. Entonces, en el ámbito político cabe preguntarse en qué medida las costumbres relacionadas con la vieja política se han transformado en comportamientos sociales que limitan y desmotivan el compromiso político de los miembros de la sociedad en la actualidad.

Frente a la resignación basada en las costumbres, la relación entre la ética y el poder político ha constituido, desde la Antigüedad, un terreno de discusión fundamental. ¿Hay lugar para la virtud en la política? En la cuna de la cultura grecorromana, la filosofía de los estoicos abordaba la política a partir de la tensión entre la naturaleza y la condición humana. Lejos de la supuesta indiferencia a la vida política, que a menudo se les atribuye en un contexto imperial romano, el modo de vida de los estoicos ofrece una guía de sabiduría para la vida pública. La convicción de que alcanzar la virtud preparaba al ciudadano para el compromiso político con la justicia y la libertad, porque se antepone a la conveniencia personal o al temor a las consecuencias del poder.

Frente a la mirada moderna particular que reduce al estoicismo a una vida de contemplación pasiva, se destaca la trayectoria del estoico Cayo Helvidio Prisco (nacido a principios del siglo I y muerto aproximadamente en el año 73 d. C.) porque sus experiencias muestran un estilo de vida político y activo. En Cómo ser un estoico (2018) de Massimo Pigliucci, se rescata la experiencia del senador romano como un claro ejemplo de resistencia ética ante el absolutismo de Vespasiano. Amenazado de muerte si acudía al Senado a expresar su regularizada postura crítica, Prisco asumió la dicotomía del control mediante la parrhesía o libertad de expresión. Pigliucci subraya que la praxis política del senador encarnaba la virtud a partir de la idea de que “es parte de la naturaleza humana defender lo que es justo, independientemente del resultado personal”. Su entereza quedó plasmada en la célebre réplica en un dialogo entre el emperador Vespasiano y el senador Prisco, recogida en las Disertaciones de Epicteto: “Tú harás tu parte y yo la mía. A ti te toca mandar a matarme y a mí morir sin temblar”.

En el mundo contemporáneo, marcado el debilitamiento de la virtud como consecuencia de la polarización, la sobreinformación y el desinterés cívico, el estilo de vida de los estoicos se muestra como un manual de sabiduría tanto para la vida contemplativa como la vida activa. Sin embargo, la lectura popular y superficial del estoicismo corre el riesgo de mercantilizarse como una mera técnica de autoayuda o gestión del estrés individual. Recuperar su dimensión ético-política original reside en la virtud, porque permite contextualizar el comportamiento racional como una ética de la responsabilidad. Un marco que impulsa al individuo a participar activamente en la vida pública y a superar las costumbres desarrolladas desde la apatía hasta el comportamiento antidemocrático.

En el marco de la satisfacción de deseos basados en el bien individual y las estructuras opresivas de poder como costumbres de la vieja política, la decisión de actuar basado en principios confronta los conflictos en la vida política. En un entorno social enajenado por la producción, el automatismo y la digitalización, lo que desmotiva y reduce cualquier comportamiento heroico y que premia la conformidad, el ejercicio de la sabiduría política como un manual racional que exige sopesar constantemente lo moral frente a los condicionamientos que poco a poco han desplazado el espacio público.

Así como el testimonio de Prisco demostró que la integridad (ética) puede desafiar la arbitrariedad del poder, esa misma determinación basada en principios trasciende épocas y contextos geográficos. La defensa de la justicia frente a la opresión no se limita a la Antigüedad clásica, sino que encuentra continuidad en muchas historias recientes a través de figuras que asumen el compromiso ético y político con idéntica valentía y sabiduría.

En tiempos contemporáneos, la trayectoria de Malala Yousafzai refleja esa misma coherencia entre convicción moral y acción pública. Nacida en 1997 en el valle de Swat, Pakistán, desafió desde muy joven la prohibición del Talibán al acceso de las niñas a la educación. Malala se enfrenta a tradiciones y costumbres. Ni la persecución ni el grave atentado sufrido en 2012 frenaron su voz pública. Tras su recuperación a consecuencia de sus decisiones, recibe el Premio Nobel de la Paz en 2014 y, eventualmente, se crea la labor del Fondo Malala, lo que consolida el impacto mundial de su causa social y política. Su compromiso político evidencia que la defensa del bien común trasciende el cálculo del riesgo individual, lo que sitúa la ética de la responsabilidad en el centro de la ciudadanía en la actualidad.

Tanto en el contexto de la Roma imperial como en la lucha por los derechos civiles en el siglo XXI, los ejemplos de Prisco y Malala muestran que la virtud en la política no es una abstracción teórica, sino una práctica de sabiduría y valentía. Superar las costumbres de la vieja política y defender el espacio público a partir de principios en la vida política, no solo desafía al poder, sino que redefine los límites de la libertad y la preservación de la dignidad en la esfera pública.

En este horizonte, la tesis de Hannah Arendt en La promesa de la política ofrece un marco conceptual decisivo para fundamentar la acción pública frente a la carencia de compromiso político. Para Arendt, la verdadera promesa de la política no reside en la mera administración de las cosas o en la preservación del poder, sino en la capacidad inherentemente humana de iniciar algo nuevo. La natalidad es un fenómeno biopolítico que reconfigura la acción política, la que se realiza mediante el discurso y la acción concertada en medio de la pluralidad. De la misma forma que la valentía como virtud estoica impulsó a Prisco a desafiar al emperador romano Vespasiano mediante la libertad de expresión, la propuesta arendtiana sostiene que la libertad política se manifiesta cuando los ciudadanos desarrollan voluntad, superan la apatía y se arriesgan valientemente a actuar en concierto en el espacio público, lo que afirma su dignidad e igualdad en la pluralidad.

Asimismo, la dimensión moral de la acción política en Arendt exige el desarrollo de la facultad de “pensar lo que hacemos” para hacer frente a las consecuencias de la praxis humana. En conjunto, con la aceptación de las consecuencias en la política, está el perdón. En la lectura arendtiana de los procesos históricos y políticos, el perdón se revela como una fuerza capaz de deshacer lo hecho e iniciar algo nuevo sin el encadenamiento a los resentimientos y costumbres de la vieja política. La noción de natalidad en Arendt abre paso a la posibilidad continua de nuevos comienzos posibles.

Sin embargo, en el siglo XXI, la enajenación adquiere una dimensión inédita a través de la alienación tecnológica. La hiperconexión digital y el flujo incesante de algoritmos fragmentan la atención ciudadana, lo que sustituye el debate público y la ética por un consumo pasivo y permanente de información, lo que lleva a la ilusión de participación cívica desde la comodidad de entornos virtuales. Estamos desarrollando nuevas costumbres con la emergencia de nuevas tecnologías, lo que actúa como un nuevo desierto algorítmico que desplaza la verdadera acción política, se anestesia el compromiso democrático y se reduce la capacidad de arriesgarse a actuar juntos en la esfera pública, tal como advertía Arendt.

De este modo, desarrollar nuevas formas de participación política en comunidad y dejar atrás los intereses individuales relacionados con la vieja política, se vuelve imprescindible en este mundo digitalizado. La valentía de figuras como Prisco y Malala son ejemplos de una vida completa en la que la virtud desarrollada en la comprensión del mundo trasciende a la acción política en el mundo común. Solo al unir una ética o vida basada en principios con las acciones colectivas se puede construir un verdadero compromiso ciudadano y constituir la libertad en la esfera pública, que nos pertenezca a todos.

* Grupo de Investigación de Filosofía Politai | Investigador asociado del CIEPS
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