El agua dejó de ser rutina para convertirse en preocupación diaria. En Panamá, abrir el grifo ya no es un gesto automático: es una duda. En Azuero, donde la crisis se profundizó tras la contaminación de los ríos La Villa y Estibaná, hay comunidades que sobreviven entre cisternas y un suministro que no siempre es apto para el consumo. El propio Gobierno ha reconocido que el problema es estructural y que no habrá soluciones inmediatas. Mientras tanto, las medidas de contingencia avanzan, necesarias, pero claramente insuficientes frente a una deuda acumulada por años. En ese contexto, el nombramiento de Antonio Manuel Tercero González al frente del Idaan marca un punto de inflexión. No es un relevo más: es una prueba de credibilidad. Su cercanía con el poder político —comentada en distintos espacios— lo sitúa en una posición compleja: o lidera las soluciones que el país reclama o termina reproduciendo un modelo que ha administrado la escasez sin resolverla. En una crisis que no admite improvisaciones, el margen de error es mínimo. ‘La encuesta Vea Panamá, la verdad en cifras’, de este diario, confirma lo evidente: la percepción ciudadana sobre el Idaan está atravesada por la desconfianza y piden reformas urgentes. Ese dato no solo describe un problema; lo agrava. Pero también abre una oportunidad. Toda crisis, asumida con responsabilidad, permite corregir el rumbo. Panamá enfrenta un desafío que trasciende gobiernos. Garantizar agua potable no es solo una tarea administrativa: es una deuda histórica. Y saldarla exige algo más que respuestas de emergencia. Exige visión, coherencia y, sobre todo, la decisión de hacer las cosas de forma distinta.

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