“¿Qué es lo que le impide venirse? ¡Que se venga! ¿Cuál es problema, pues? Lo que tienen es un show para ver cómo generan una campaña de intriga”, dijo...
El Parque Nacional Coiba, invaluable patrimonio natural de Panamá y motor del ecoturismo, enfrenta una regresión inaceptable. Como ya lo hemos contado en este espacio durante estos días de polémica sobre este caso, el sorpresivo traslado de privados de libertad a la isla ha encendido todas las alarmas, amenazando la paz social y a la empresa privada comunitaria que dignamente subsiste del turismo sostenible. El rechazo a esta medida tiene un fundamento jurídico irrefutable, pues la legalidad no es una sugerencia. La Ley 44, normativa que crea y rige este santuario ecológico, es tajante: su artículo 5 prohíbe expresamente cualquier ocupación humana o actividad ajena a la conservación, la investigación científica o el ecoturismo. Reinstalar un presidio vulnera el plan de manejo y pisotea los compromisos internacionales adquiridos por el Estado panameño. Frente a esta contundente realidad, el Ministerio de Ambiente se escuda asegurando que no se construirán nuevas infraestructuras. Este argumento resulta técnica y legalmente insostenible. Las instalaciones penitenciarias arrastran décadas de abandono; las celdas más recientes datan de los años noventa y el recinto no opera como cárcel desde hace 22 años. Albergar a reos calificados de “alta peligrosidad” expone una grave disyuntiva: o se confina a estas personas en ruinas riesgosas, o se ejecutan trabajos de adecuación en abierta violación al punto 3 de la legislación, que veda estas obras. Mientras nuestro delicado ecosistema se compromete, el mutismo oficial impera. Las autoridades callan sobre la temporalidad de la medida, los nuevos protocolos de seguridad y el impacto directo contra la ciencia. Un Estado de derecho no improvisa a costa de su mayor joya natural.