La diputada Yamireliz Chong, de la coalición independiente Vamos, reafirmó el compromiso de su bancada con la transparencia y la erradicación de las prácticas...
La corrupción en Panamá no es un accidente ni una suma de casos aislados: es un problema estructural profundamente arraigado en la relación entre el Estado y ciertos grupos de poder. El debate sobre la inhabilitación permanente para licitar en el sector público, para empresas condenadas por corrupción, pone el foco en una de las grietas más evidentes del sistema: la permisividad institucional. Hoy, una empresa que ha confesado actos de corrupción puede, en determinadas circunstancias, seguir contratando con el Estado tras acuerdos judiciales, sin siquiera enfrentar una inhabilitación temporal. Este hecho no solo erosiona la confianza pública, sino que también envía un mensaje peligroso: delinquir puede tener consecuencias limitadas si se negocia adecuadamente. Es un problema legal y ético, pero también cultural, tanto en los funcionarios públicos como en una parte importante del sector privado que utiliza estas prácticas. Mientras las normas permitan que actores sancionados regresen al circuito de contratación pública, se perpetúa un ciclo donde la corrupción deja de ser un riesgo real y se convierte en un costo calculado. Cerrar estas brechas no es un exceso punitivo, sino una condición mínima para proteger los recursos del Estado. Permitir que empresas condenadas sigan accediendo a fondos públicos distorsiona la competencia, castiga a quienes cumplen la ley y debilita la institucionalidad democrática. Más aún, normaliza la idea de que la corrupción es un cálculo financiero más dentro de las propuestas para licitar con el Estado. Si Panamá aspira a romper con este patrón, debe asumir una premisa clara: quien corrompe al Estado no puede seguir beneficiándose de él.