Hay una escena cada vez más común: un niño da su primer paso y, antes de que termine de caer en brazos de su madre, ya está en línea. La infancia se volvió transmisión en vivo. A eso hoy le llaman sharenting, pero el nombre moderno no suaviza el problema de fondo: convertir la vida de un menor en vitrina digital sin su consentimiento. Los padres no lo hacen por maldad. Quieren celebrar, presumir ternura, compartir orgullo. Sin embargo, entre la emoción y el botón de publicar se pierde una pregunta esencial: ¿de quién es esa historia? Christian Tejeira, psicólogo clínico, advierte que la sobreexposición puede afectar la construcción de identidad del niño, su autoestima y su relación futura con su propia imagen. Los riesgos no son abstractos: robo y uso indebido de imágenes, suplantación de identidad digital, creación de perfiles falsos con fotos de menores, exposición a redes de explotación, geolocalización que revela rutinas y ubicaciones, y material que puede ser reutilizado para burlas o ciberacoso cuando crezcan. A eso se suma el impacto psicológico de sentir que su vida fue exhibida sin control y que su valor depende de la reacción de otros. Internet no olvida. Lo que entra a la red deja de estar bajo control familiar. Exponer a un menor sin límites no es un gesto de amor moderno, es una decisión adulta con consecuencias permanentes para alguien que nunca pudo decir que no. La responsabilidad parental también es digital.

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