El 2 de noviembre, miles de panameños regresan a los cementerios con flores, oraciones y recuerdos. Se limpian las tumbas, se pronuncian nombres queridos y se honra una tradición que ha pasado de abuelos a nietos. Es una fecha de recogimiento, pero también de afectos. Porque recordar a nuestros difuntos significa reconocer cuánto de ellos permanece en nosotros. En nuestras costumbres, en la educación recibida, en las historias familiares y en esa manera tan panameña de mantener presentes a quienes partieron. Este año, sin embargo, la conmemoración llega después de semanas particularmente dolorosas. El terremoto de octubre dejó pérdidas humanas y materiales, especialmente en el interior. Hay familias que todavía intentan recuperar sus hogares y otras que deberán aprender a vivir con ausencias irreparables. Su dolor y angustia merece acompañamiento y una solidaridad que no se agote con los primeros auxilios y con las noticias de titulares. Quizá por eso este 2 de noviembre tenga un significado aún más profundo. Nos recuerda el valor de la familia, de nuestras raíces y de una comunidad que sabe acompañarse en la adversidad. Mañana, en algunos lugares del país, volverán las banderas y el entusiasmo patrio. Hoy corresponde recordar. Porque Panamá también se construyó con las vidas de quienes nos precedieron, con su trabajo, sus sacrificios y sus enseñanzas. Honrar su memoria es también honrar nuestra historia.

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