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La renuncia de la ministra de Educación, Lucy Molinar, cierra una etapa marcada por cuestionamientos y por expectativas que, en buena medida, quedaron sin respuesta. Su segunda gestión al frente del Meduca estuvo acompañada de debates sobre transparencia, ejecución presupuestaria, diálogo con los gremios y la capacidad institucional para atender problemas que el sistema educativo arrastra desde hace años. La compra de ‘laptops’ concentró buena parte de las críticas, tanto por el costo de la licitación como por las dudas planteadas sobre su impacto real en el aprendizaje y su alcance frente a una brecha digital que sigue siendo desigual. Al mismo tiempo, persistieron las dificultades relacionadas con la reparación y el mantenimiento de escuelas, en un contexto de baja ejecución presupuestaria. Molinar regresó al ministerio con la intención de retomar proyectos pendientes de su primera administración, durante el gobierno de Ricardo Martinelli. Sin embargo, esta nueva etapa terminó también atravesada por fuertes diferencias con sectores docentes y por una relación compleja con organizaciones vinculadas a la educación. El balance, por tanto, no puede limitarse a una sola decisión ni a un conflicto particular. La educación panameña requería, y sigue requiriendo, acuerdos amplios, revisión de los planes de estudio, mejores condiciones en los planteles y una estrategia capaz de sostenerse más allá de una administración. Molinar tuvo una segunda oportunidad para avanzar en esa dirección. Su salida deja la sensación de que buena parte de ese camino quedó pendiente. Ahora el reto será evitar que el relevo en el Meduca signifique, una vez más, comenzar desde cero.