Panamá es dueño de un acervo incalculable, pero padece un mal que sabotea su propio brillo: un arraigado complejo de inferioridad. Mientras el mundo se maravilla con nuestra posición geográfica y la majestuosidad de nuestra tierra, a nivel interno libramos una batalla estéril contra nosotros mismos. La queja constante y el autoflagelo se han normalizado, alimentando una preocupante toxicidad en redes sociales que opaca nuestro verdadero potencial. Somos una nación con una riqueza cultural desbordante. Desde la maestría en nuestras artes y una música que conquista fronteras, hasta una gastronomía panameña de clase mundial que fusiona sabores de todo el planeta. Tenemos el talento, la capacidad y los recursos, pero nos falta el ingrediente primordial para el desarrollo nacional: creernos nuestra propia grandeza. El pesimismo crónico no construye; paraliza. Para proyectarnos globalmente y atraer progreso, la iniciativa privada y estatal debe ir acompañada de una profunda revolución de la autoestima. Es imperativo desterrar el pesimismo y la cultura de la descalificación digital. El verdadero salto hacia adelante comienza cuando abrazamos con orgullo nuestra identidad y amamos a nuestro país sin reservas. Panamá lo tiene absolutamente todo; ya es hora de que actuemos como si lo supiéramos.