Los familiares de los presos políticos en Venezuela cumplen este lunes, entre la fe y la impaciencia, la quinta noche de espera de nuevas excarcelaciones...
Panamá aprendió a convivir con una contradicción cruel: enfermarnos no tiene horario, pero la atención pública sí. La fiebre de un niño en la madrugada, una crisis asmática un domingo, una urgencia en un corregimiento lejos del hospital... todo termina en lo mismo: puertas cerradas, salas saturadas o viajes largos que cuestan tiempo, dinero y, a veces, vidas. Por eso, la propuesta de ley que busca establecer horarios extendidos y atención médica continua en centros de salud pone el dedo en una herida real: el acceso oportuno a servicios básicos. El planteamiento exige que exista al menos una instalación por región con jornada ampliada y que, como mínimo, un centro de segundo nivel opere 24 horas para atender urgencias. En papel, suena como lo que siempre debió existir. Pero el país no necesita otra ley bonita. Necesita una ley que se cumpla. Extender horarios sin médicos suficientes es un engaño. Abrir fines de semana sin medicamentos es maquillaje. Prometer atención permanente sin laboratorio, ambulancias y personal de apoyo es encender un letrero sin sistema. La iniciativa habla de coordinación entre el Minsa y la Caja de Seguro Social y de participación ciudadana. Bien. Pero el corazón de esta reforma es uno solo: presupuesto, planificación y supervisión. Porque la salud no puede seguir dependiendo de la suerte... ni del reloj.