Cada pieza cinematográfica es un universo, y ensancha el de quien la aprecia. Desde aquellos 46 segundos con ‘La salida de los obreros de la fábrica’ producidos por los hermanos Lumière (1895) hasta nuestra época, la función esencial del cine es ser arte, comunicar, entretener. Si no existiese el cine, no se conocerían las realidades del mundo, no se pudiera palpar la fantasía, nos olvidaríamos de lo que éramos y somos, seríamos, entre otras cosas, seres insensibles. El significado de conceptos como amor, tristeza, odio, dolor, triunfo, deseo, aventura, los hemos conocido a través de las historias de aquella primera famosa orden: luz, cámara, acción. Cuando la pantalla grande puede cumplir con una labor social se logra algo maravilloso. Conviene ensalzar el cine y más en estos momentos cuando en Panamá -con mucho esfuerzo- se ha llevado a cabo la duodécima edición del Festival Internacional de Cine de Panamá (IFF Panamá). Sin duda, desde el pasado jueves hasta hoy domingo, se ha demostrado la creatividad y diversidad de una industria, tanto local como internacional, que sigue teniendo dificultades para llegar a los espectadores en un contexto altamente competitivo y muchas veces sin recursos (cuando hablamos de lo hecho en casa, es notorio que necesita de un firme apoyo institucional y económico ). Pese a que los hábitos de consumo cultural de la gente van cambiando a medida que aparecen más plataformas de ‘streaming’, a las que tenemos acceso en tv y celulares, las salas de cine tratan de no perder su fuerza, y esto hay que reconocerlo. No olvidemos que el cine es un aire fresco, creativo y sanador en medio de tiempos políticos, discursos vacíos y toxicidad en redes sociales. Preservarlo requiere el profundo compromiso de todos. El cine es vida y esta es una premisa irrefutable.

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