Los medicamentos para bajar de peso están viviendo actualmente su momento de protagonismo. Existen varias marcas con efectos secundarios preocupantes y costos enormes. Sin duda, pueden ayudar a las personas a perder peso, pero cuando se dejan de tomar siempre se recupera el peso perdido mientras se tomaban. Por lo tanto, las personas se enfrentan al dilema de seguir tomándolos durante toda su vida (a un costo actual de cientos de dólares al mes) o recuperar el peso. Y allí es donde está lo malo de todo esto. Que nadie se ha atrevido a ponerle el cascabel al gato, a pesar de las innumerables evidencias sobre la naturaleza del problema. Estos medicamentos son otros más en la larga lista de salidas cosméticas que no enfrentan claramente la causa de la obesidad, porque en lugar de abordarla, intentan eliminar los síntomas y curarlos. La obesidad puede causar enfermedades, pero en sí no es una enfermedad. En todo caso, es un desorden social, provocado por la alimentación forzada de las personas con “comidas” que se acerca más a la definición de “chatarra” en el diccionario: te enferma y no te hace sentir bien. No es necesario ser obeso para padecer diabetes, cáncer o enfermedades cardíacas. Las causas fundamentales de todo esto son, sin lugar a dudas, muy difíciles de abordar. Porque en este sistema, las grandes corporaciones de alimentos ganan dinero en ambos sentidos: sembrando las causas de las enfermedades (y cobrando por ellas) y luego vendiendo las llamadas curas. Es necesario reformar todo el sistema si queremos alimentos que sean saludables, justos, ecológicos y asequibles para todos.

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