30 de Nov de 2021

Opinión

Panamá, las drogas y el lavado de dinero

Algo que no se lee en los referidos medios es casi nunca la captura, enjuiciamiento y condena de los grandes capos norteamericanos

Con demasiada frecuencia los panameños nos vemos enfrentados con informaciones negativas en importantes publicaciones norteamericanas, que vinculan indebidamente al país, sus habitantes y autoridades con el problema de las drogas y el lavado de dinero proveniente de su comercio ilícito. Lo que más molesta es la actitud arrogante con que normalmente se alude a nuestros Estados todos, al Sur del Río Grande. Actitud que por cierto se despliega hasta en las cláusulas de los contratos de préstamos y ayuda, cuando se asume que nos están tendiendo una mano amiga.

Algo que no se lee en los referidos medios es casi nunca la captura, enjuiciamiento y condena de los grandes capos norteamericanos envueltos en el negocio trillonario, ni tampoco la persecución sistemática de sus igualmente mafiosos contadores, banqueros y abogados. Diariamente, en cambio, sí se alude, con fotos y demás, a distribuidores de pequeñas cantidades de cocaína o heroína en cualquier esquina de las grandes urbes del Norte.

Hasta recordamos al tristemente célebre Alcalde de la Capital Norteamericana quien después de encontrado culpable, fue premiado por los electores del distrito, como “el primero entre iguales”, para usar la frase de algunos monarcas constitucionales europeos.

¿Por qué, entonces, no se alude con igual prominencia en los medios de información a declaraciones como las formuladas el año pasado ante el Congreso de la Nación por R. Grant Smith, de la División de Narcóticos del Departamento de Estado? Ni siquiera los panameños parecemos convencidos de que, como afirmó este importante funcionario norteamericano “en 1991, las autoridades panameñas decomisaron unas diez (10) toneladas métricas de cocaína, el doble de lo decomisado el año anterior y el doble de lo confiscado en los diez (10) años anteriores…” Diez años estos que corresponden a la dictadura militar, agregaríamos nosotros.

¿Por qué no se destaca el hecho incontrastable de que, mientras los Estados Unidos sean los mayores consumidores de la droga, en los distintos niveles de su sociedad, los productores encontrarán siempre la vía para hacer llegar el producto ilícito a ese mercado multimillonario? Léase Panamá o cualquier otro país entre México y Costa Rica, incluido todo el Caribe, por supuesto.

¿Por qué en un país que se ha hecho grande por su respeto y hasta reverencia a la verdad de los hechos (“facts”) existen políticos que prefieren en esta materia atacar con cobardía y comodidad a Gobiernos extranjeros, sin atisbo de “mea culpa”, sobre todo en tiempos de campaña política local?

Basta ya de bajar la cabeza avergonzados y recordar a tirios y troyanos que el dinero mal habido y abundante, corrompe por igual allá y aquí, tanto a agentes de aduana, políticas y jueces, como a abogados, banqueros y funcionarios sin escrúpulo.

Señores de la DEA: ¡No podemos creer en la ecuanimidad de sus lecciones de ética administrativa! No olviden que sus agencias de “inteligencia”, conocedoras plenas de la actuación delictiva de Manuel Antonio Noriega, tanto en materia de drogas como de derechos humanos, continuaron utilizándolo hasta el final como su agente pagado durante treinta (30) años. Como si ello no fuese suficiente, un exembajador norteño ante la dictadura continúa hasta la fecha apareciendo como sempiterno aliado y defensor exoficio de quien es, a la vez, narcotraficante convicto y prisionero de guerra.

En Panamá, hay que decirlo con firmeza, han quedado atrás los días, cuando los agentes del General Noriega recibirán en los aeropuertos las maletas llenas de billetes de cien dólares; cuando las escoltas partían diligentes a llevar los narcotraficantes hasta sus maletines y maletas, para depositar cumplidamente en bancos de la Ciudad las comisiones y porcentajes que pertenecían al Jefe.

O defendemos en esta hora el nombre de la Patria, o Panamá será al final de este centuria sinónimo de cocaína y lavado de dinero, como ya sucedió al final del siglo pasado, tras el fracaso del Canal Francés, cuando decir Panamá fue mundialmente sinónimo de escándalo financiero, corrupción y estafa a tenedores de acciones.

Lo que necesitamos es del respeto mutuo y la dignidad internacional que personificaron en su honra un Franklin Delano Roosevelt y un Harmodio Arias Madrid, auténticos exponentes de sus nobles pueblos respectivos.

Por nuestra parte, estamos convencidos de que la amistad sincera es tan posible como deseable entre los Estados poderosos y los débiles, como también lo es entre los individuos encumbrados y los de humilde cuna.

¿O es que quienes fueron nuestros “buenos vecinos” de ayer se han tornado incapaces de entender el sentido del honor y la hidalguía castellanos, que corre a torrentes por las venas de los hijos dignos de esta Tierra?

El texto es parte del discurso del Canciller Julio E. Linares en 1993, que no pudo decir en la Organización de los Estados Americanos (OEA) porque sufrió un infarto y lamentablemente  falleció.