• 20/10/2026 10:36

La conquista panameña de las ondas

Cada 3 de octubre, Panamá tiene una razón profunda para recordar que la soberanía también se ejerce en el aire. En esa fecha de 1934 fue sancionada la Ley 12, la primera ley panameña dedicada al establecimiento de estaciones radiotelegráficas y radiodifusoras. Aquella norma abrió una etapa decisiva: después de años de restricciones y del control permanente estadounidense sobre las comunicaciones inalámbricas en el territorio nacional, los panameños pudieron comenzar a ocupar, con respaldo legal, el espacio que les correspondía en el espectro radioeléctrico.

Desde 1914, las posibilidades de instalar y operar estaciones inalámbricas en Panamá estaban severamente impedidas. Ni quienes aspiraban por estaciones radiotelegráficas, ni los aficionados que soñaban con experimentar y conectarse con el mundo a través de la radio, podían escapar de la prohibición. La veda era absoluta: la radio, en todas sus formas, estaba silenciada para la sociedad panameña.

Mientras la radio impulsaba la información, la cultura y el comercio en otros países, en el nuestro permanecía fuera del alcance de la mayoría de los panameños. Sin embargo, la curiosidad técnica de estos no pudo ser acallada. Los aficionados a la radio fueron los principales protagonistas de ese empeño: construyeron sus propios equipos y exploraron clandestinamente las ondas, sin un marco normativo y bajo la férrea vigilancia de las autoridades estadounidenses.

Fue precisamente la pasión y el compromiso de estos entusiastas pioneros lo que permitió que la radio dejara de ser un espacio reservado para mensajes telegráficos en clave Morse y se transformara en un medio capaz de alcanzar a grandes audiencias.

Desde 1923, Richard D. Prescott (HP1A), José Antonio Sosa Medina (HP1AS) y los integrantes del Panama Radio Club, entre otros, alentaron la aspiración por la nueva tecnología. Más adelante, Herman Luria (HP1LL), Emérito Núñez (HP1LE), Fernando Jolly (HP1FJ), Fred Durling (HP1FD), Félix Álvarez y Enrique Paniza continuaron esa labor. Estos experimentadores construyeron y operaron la recordada Radio Tembleque, la primera estación radiodifusora experimental del país. Ni su rudimentario transmisor ni su funcionamiento sin autorización disminuyeron la importancia histórica de su trabajo. Por el contrario, pusieron de manifiesto la determinación de una generación que se negó a aceptar que Panamá permaneciera muda en las ondas.

La Ley 12 del 3 de octubre de 1934 convirtió esa aspiración en política nacional. Ordenó establecer las estaciones radiotelegráficas necesarias para enlazar el país y abrió las puertas para el licenciamiento de estaciones de radiodifusoras y de radioaficionados panameños. Fue mucho más que una regulación técnica: representó, sobre todo, un acto de afirmación nacional, porque reconoció el derecho de Panamá a organizar sus propias comunicaciones, fomentar su desarrollo económico y cultural y devolver a sus ciudadanos la posibilidad de transmitir.

Al amparo de esta ley se expidió la primera licencia de radioaficionado de Panamá, con el indicativo HP1A. A partir de entonces, numerosos operadores hicieron de la actividad una escuela de electrónica y cultivaron tanto la disciplina operativa como el espíritu de servicio y cooperación que distingue a la comunidad de radioaficionados panameños que hoy mantiene una presencia activa en las bandas.

Por ello, conmemorar el 3 de octubre no es recordar solamente una ley. Es rendir homenaje a quienes, antes de contar con licencias, recursos o reconocimiento oficial, imaginaron un país comunicado por sus propias voces. Los radioaficionados panameños fueron más que experimentadores, fueron defensores prácticos de la soberanía radioeléctrica de Panamá. Su audacia preparó el terreno para la radiodifusión nacional y para la existencia del servicio de radioaficionados que se extiende hasta nuestros días.

Hoy, conscientes del profundo significado nacional de esta fecha y dando ejemplo a toda la comunidad radiofónica, los radioaficionados panameños la conmemoramos con orgullo, pues nos recuerda que la libertad de comunicarnos también fue una conquista nuestra.

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