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10 de Apr de 2020

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Rafael Carles

Lector Opina

Otro año perdido

Al haber culminado el período ordinario de sesiones legislativas correspondiente al 2014-2015, nos sentimos en plena capacidad de evaluar con claridad.

Al haber culminado el período ordinario de sesiones legislativas correspondiente al 2014-2015, nos sentimos en plena capacidad de evaluar con claridad el trabajo de la Asamblea Nacional, de los diputados y de sus respectivas comisiones. No olvidemos que el Poder Legislativo es una institución vital para el régimen democrático y que es el espacio natural para el debate y la negociación entre los partidos políticos. No obstante, fueron notorias las inconsistencias e incoherencias dentro de la Asamblea, debido a las limitaciones de muchos diputados y al incumplimiento de procedimientos dentro de las comisiones. En términos legislativos, este período fue un año perdido en que las expectativas que se tenían al inicio se esfumaron con el pasar de los meses, y hoy solo queda el triste recuerdo de sesiones en las que los llamados honorables convirtieron el hemiciclo en un verdadero circo de varias pistas.

Todos recordamos el histórico enjuiciamiento de un magistrado de la Corte Suprema de Justicia, pero nadie olvida el ‘show' de las tres jueces de garantías, el cinismo de las autopartidas navideñas y las cantinfladas de los proyectos antipiropos, antibanderas, antiextranjeros y antiblindajes. Todos nos preguntamos, ¿cómo permiten a estos diputados presentar semejantes exabruptos, prohijarlos en comisiones y llevarlos a debate en el pleno?

Simplemente, nadie entiende ni tampoco comprenden la arrogancia con que discutieron la Ley de Estacionamientos, que al final fue vetada por el presidente de la República por improcedente. Tampoco nadie entiende la forma acelerada e inconsulta con que pasaron la Ley de Aupsa, que seguramente correrá la suerte de ser vetada por el Ejecutivo, precisamente por atentar contra el libre comercio, violar los tratados con la Unión Europea, Estados Unidos y otros países, y por insinuar que las medidas proteccionistas allí sugeridas sacarán al sector agropecuario de la actual crisis que enfrenta.

Pareciera que cuando los diputados presentan estas incoherencias están convencidos de que podrán subir su perfil mediático y hacer gala de su productividad legislativa. Siento que es una forma campechana de decirle a los electores que están trabajando y que se preocupan por sus problemas. Pero la verdad es que es un error garrafal que los diputados piensen que su productividad en la Asamblea es similar a la de una línea de producción, que entre más proyectos presentan y más leyes crean, mejor para ellos y mejor para el país. Es cierto, la productividad es una medida del desempeño, pero hay que tener un dedo de frente para manejarlo con criterio y objetividad.

Igualmente sucede con la eficacia, otra medida del impacto del diputado en torno a su gestión de prohijamiento de proyectos, consulta pública, discusión abierta y deliberación en pleno. Y es aquí donde la evaluación de los diputados es pobrísima, porque no solo se ausentan de las reuniones de las comisiones, sino que incumplen responsabilidades vitales que podrían ayudarlos a enriquecer proyectos y preparar debates cuando llegan a discusión en el pleno.

La verdad es que si sometemos a los diputados a un meticuloso y objetivo análisis de productividad y eficacia, entendidas como la capacidad de un funcionario del Estado de mejorar la institucionalidad, impactar positivamente la cosa pública y cambiar con leyes buenas la forma de hacer país, todos fracasarían. Y siento que es porque la mayoría carece de conocimientos, habilidades y capacidades para discernir, al margen de que ninguno tiene la autoridad moral para dirigir y orientar los procesos de discusión y legislación. De cara a esta verdad, es innegable que los diputados durante este último año estuvieron más atentos a defender su tajada del pacto de gobernabilidad que a buscar mecanismos para legislar a favor de los intereses legítimos del país. Al final, impusieron nuevamente el matraqueo, llevaron la desfachatez al límite y usaron el cinismo como moneda de curso, con el agravante ahora de que los diputados nuevos conocen el guión y se sienten muy cómodos en ejecutarlo, y se les ve y escucha usando las mismas frases, las mismas marrumancias y las mismas posturas que los viejos zorros de antaño.

Pienso que los próximos cuatro años serán igualitos y que nada va a cambiar. Soy realista en cuanto a las fortalezas y debilidades de la política criolla y estoy convencido de que, si queremos un verdadero cambio en la Asamblea, tendremos que hacer una sola cosa: demoler todo y empezar de cero.

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