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26 de Nov de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Túnez y El Cairo: la revolución de las conciencias y los medios

Con décadas en el poder, hace apenas tres meses Zine el Abdidine Ben Ali y Hosni Mubarak, cenaban plácidamente con caviar Beluga o cavia...

Con décadas en el poder, hace apenas tres meses Zine el Abdidine Ben Ali y Hosni Mubarak, cenaban plácidamente con caviar Beluga o caviar del alma, en la capital tunecina o en El Cairo. Mientras sus entrenados mayordomos le rociaban sus viandas con champaña rosada, sus contadores y asesores financieros les daban cuenta en las reuniones privadísimas de sus palacios, sobre el movimiento de sus inversiones financieras.

Túnez fue el inicio de una cascada social y mediática que aún no se conoce dónde puede terminar. La Revolución de los jazmines, que hace huir a Abidine Ben Ali, de pronto detona en la Plaza Tahrir, mientras el más que octogenario Mubarak no piensa que ese efecto dominó le trancará su última cena en Palacio, el 10 de enero, a horas de esta nota.

Las multitudes, apenas si acaso con una chispa pequeña, pero bien encendida, aprendieron en esas latitudes, tan distantes de nuestras realidades —aparentemente— todo pareció aparente. Pero aquello que no pareció nada, se fue transformando, como hace la crisálida, en una mariposa roja, que se dejó sangrar, pero tuvo más vida que estos llamativos artrópodos invertebrados —de existencias fugaces— como los oropeles del poder son de pasajeros.

Esas masas que aleteaban exigiendo la salida del poder de sus largos opresores, fueron incesantes en sus protestas, urticantes en sus exigencias, tesoneras en sus expectativas, radicales en sus metas. Y, como zánganos gritones, pero vacilantes, los dos largos dictadores se dieron a la fuga. ¿Quiénes serán los próximos? En África —en Guinea Ecuatorial— sus miopes gobernantes han optado, como en muchos otros países, al menos en pensamientos, por la brillante idea de censurar todo, el Internet especialmente, la radio, la televisión, las señales satelitales, los celulares, todo. Apagar la luz, pensando que con la oscuridad que ellos —los que gobiernan tienen— pueden atajar del todo las manecillas del reloj de la historia.

No hay que ser profetas o clarividentes para aprender que nada será igual en el planeta luego de Túnez y El Cairo. No puede ser igual. Como en la Revolución Francesa, pese a sus desmanes internos, donde se tragaron y guillotinaron a sus propios fundadores, luego de las revoluciones de masas y medios comunicacionales en estas dos naciones que marcan pautas al planeta, quien piense que ya las protestas —sobre todo las válidas— que son las que provocan las medidas que cercenan las expectativas populares, las que malos y anquilosados consejeros palaciegos soplan al oído de los mandatarios con frases como: ‘esta vaina pasa en unos días, tranquilo, sabes cómo es el pueblo, se encrespa un rato y al rato se le olvida’.

Así pensaban precisamente los consejeros de Ben Ali y de Mubarak. Ahora, se les secó el cerebro, no saben qué pensar. Los pueblos han aprendido mucho, más que antes, porque ahora no importa gran cosa que se censuren periódicos o radios y televisoras. El Internet puede ser diversión, parejas a la carta, sexo en línea, pero también puñal efectivo para llenar las plazas de incandescencia y llamaradas.

Los soldados y policías, pueblo en uniformes, también han tomado lecciones sorpresivas y sorprendentes. ¿Qué podía importarles al final a los capitanes o sargentos, matar y matar a sus hermanos civiles en las plazas, que protestaban por las mismas ansiedades que ellos y sus familias —las de los militares o gendarmes— también soñaban? ¿Acaso no sabían que sus mandatarios —con sus muchísimos millones— no eran de la misma carne y hueso que ellos, siempre pobres y desarraigados?

Mientras las mesas de los primeros seguían teniendo en las cenas caviar de Beluga, en sus mesitas familiares muchas veces no llegaba el pollo completo.

Túnez y Egipto han enterrado para siempre la inercia popular, puede que en un área planetaria llegue tarde el efecto de cascada, pero lo que nunca ocurrirá es que no llegue. Los motivos de esas tormentas que hacen huir a poderosos, pueden ser muy variados.

*ABOGADO Y MILITAR RETIRADO.