27 de Oct de 2021

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Falacias de la segunda vuelta

La democracia no es una forma de organización social, como lo han querido hacer ver los neoconservadores y neoliberales del patio y de a...

La democracia no es una forma de organización social, como lo han querido hacer ver los neoconservadores y neoliberales del patio y de afuera y, por lo tanto, no está hipotecada con un modelo particular de economía de mercado, como tampoco la economía de mercado es un modelo único y cerrado que no admite intervenciones correctoras desde el colectivo social ni consiente variantes humanizadoras y ecológicamente sustentables.

Uno de los frutos más preciados del árbol fecundo de la Ilustración y la Modernidad, es precisamente la aserción científica y filosófica de que la democracia no es otra cosa que una forma de organización política; es decir, una forma de vida que exige que se legitime, se promueva y se tutele la coexistencia de proyectos de poder contradictorios a la vez que se garantice que pueden democráticamente acceder, de manera asincrónica y alternada, a gobernar.

Desde esta perspectiva, la democracia jerarquiza su legitimidad, viabilidad y sostenibilidad en la medida en que adopta el conflicto social como parte esencial de su naturaleza y en que asegura su eficacia y utilidad social, adoptando los mecanismos democráticos para resolverlo.

Por ello, el único corolario que admite la democracia es que la libertad de reivindicar el sufrimiento humano nunca debe ser un residuo mudo de la política ni mercadería para envilecerla, sino el fundamento de un derecho absoluto e inalienable de los ciudadanos de cuestionar a quienes detentan el poder y de reemplazarles democráticamente en el Gobierno mediante el ejercicio impaciente de la razón y de la crítica.

Cuando una facción política bloquea de manera permanente la posibilidad de que una mayoría relativa de sus ciudadanos acceda al Gobierno y cuando mediante artificios inmorales condiciona y disminuye la capacidad de sus adversarios y aliados políticos de elaborar y reelaborar su propio proyecto de poder de cara a la voluntad democrática del electorado, esa doble condición esencial de la democracia colapsa y sus víctimas propiciatorias son la libertad de expresión, de pensamiento y de acción. Se destruye la pluralidad, se criminaliza el disenso.

Por lo tanto, la primera falacia de la segunda vuelta es que ella robustece la democracia. La polarización forzada de los electores que ella implica y el forjamiento espurio de ‘unanimidades políticas’, serán fuente de enfrentamientos que se enconarán a medida que se reduzca la capacidad del sistema para procesar la diversidad y generar los consenso impostergables.

No es cierto que se gane estabilidad y mucho menos en sociedades tan fuertemente inequitativas como la nuestra. Se pospone la explosión y se aprieta la pólvora. No hay estadística electoral que confirme el mito de que la segunda vuelta agrega mayor respaldo. Todos aquellos que no renuncien a sus propios proyectos de poder o que no se vean representados en el ‘arreglo’, desertarán de las urnas en la segunda vuelta y la ‘mayoría’ será indefectiblemente más raquítica que la primera. Sería desquiciado pretender sumar a los votos de la primera vuelta los de la segunda.

Otra falacia reza que la segunda vuelta incrementa la legitimidad. Cuando se cierra la posibilidad democrática de acceder al poder a las fuerzas sociales más aguerridas y radicalizadas con el respaldo de la mayoría relativa del electorado, se destruye el incentivo de organizarse en partidos y de viabilizar su indignación y sufrimiento mediante el voto democrático. Si el sistema renuncia a la capacidad para incorporar esos proyectos de poder alternativo que retan el status quo, estará desalentando la opción política ante la violencia, acentuará la ‘oligarquización’ de la gestión de lo político y cerrará las válvulas de seguridad que le permiten procesar y resolver la conflictividad política al más bajo costo político y social.

Aún en las sociedades maduras y desarrolladas, que alcanzan libre y democráticamente consensos y compromisos fundamentales, el status quo es sólo un punto de equilibrio inestable y transitorio, cuya bondad reside en que la mayoría de los ciudadanos se beneficia de su progresiva maduración y de que eventualmente estará preparada para apalancar democráticamente su tránsito a otro estadio superior de entendimientos. Ya en estos casos, la segunda vuelta está cuestionada.

En las sociedades inmaduras y atrasadas como la nuestra, plagadas de inequidades e injusticias, el status quo sólo favorece a una minoría social. Por lo tanto, defender la vigencia de una democracia que alienta la pluralidad de proyectos políticos contradictorios y que les asegura la posibilidad de alternarse en el ejercicio de gobierno con la mayoría relativa de los votos emitidos, es una decisión que pone sobre la mesa de apuestas el destino de la nación. Fosilizar el sistema político entorno al status quo es un suicidio.

*POLITÓLOGO.