25 de Feb de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Indignados del mundo y de Panamá

EX DIPUTADA DE LA REPÚBLICA.. En el siglo pasado se reportaron guerras mundiales en Europa y Asia, conflictos armados entre países fron...

EX DIPUTADA DE LA REPÚBLICA.

En el siglo pasado se reportaron guerras mundiales en Europa y Asia, conflictos armados entre países fronterizos, guerras frías de sistemas políticos y económicos irreconciliables, conflictos armados regionales causados por intransigencias, terrorismo nacido de frustraciones o fanatismos, enfermedades desconocidas que diezmaban la población incauta. Algunas de aquellas fricciones entre gobiernos, sociedades y ciudadanos continúan latentes en mayor o menor grado, pero se percibe que cada día se oye con mayor fuerza la voz de gente común hastiada ya de injusticias y discriminaciones.

Esa es la voz de los indignados. Voz de protesta contra inequidades, contra abusos, contra falta de libertad. Voz que clama por justicia, por igualdad de oportunidades, por respeto al ser humano. Es el movimiento de los indignados que está floreciendo por todos los rincones del mundo, de manera tan espontánea como firme y que persigue objetivos importantes para cada grupo en particular.

El relajo demostrado por el sistema económico en Norteamérica, que un día hace creer que la seguridad financiera del individuo está consolidada, pero al día siguiente descubre que está en ruina, gracias a un mercado bursátil movido al capricho de las computadoras de los grandes inversionistas, o por inacción de políticos que sólo piensan en la próxima campaña electoral y dejan de aprobar medidas valientes para impulsar el empleo y el consumo, tan necesarias para reactivar una economía que desfallece. O la irresponsabilidad de sistemas de subsidios y pensiones estatales en Europa, que apuntalan una existencia artificialmente muelle para sus ciudadanos, pero a todas luces insostenibles. Unido a manifestaciones de mujeres que se sienten vejadas y humilladas por epítetos machistas denigrantes o por estudiantes que reclaman por una mejor calidad de la educación, y a protestas contra regímenes dictatoriales que se han extendido como pólvora en África y en el Medio Oriente.

En Washington, Tokio, Taipei, Hong Kong, Roma, Santiago de Chile, Berlín, Frankfurt, Bolivia, la gente protesta y se lanza a las calles para exigir sus derechos o para reclamar contra situaciones que considera injustas. No me parece apropiado que esas manifestaciones de insatisfacción popular degeneren en acciones violentas que causen daño a la propiedad privada o a empresas comerciales, pero merecen todo el respeto y atención de parte de las autoridades. En democracia el pueblo tiene derecho a expresar su opinión, favorable o desfavorable, y tiene derecho a ser escuchado.

En Panamá también hay indignados. Los hay cuando cierran calles, cuando claman por agua, por caminos de producción, por atención médica, por aulas escolares dignas, por salarios decentes, por justicia en el cobro de impuestos, por un sistema de transporte digno y confiable, por mayor seguridad en las calles y en los hogares, por procedimientos no abusivos de la policía, por la protección del medio ambiente, por pensiones para jubilados cónsonas con el costo de la vida. Hace bien el gobierno en escuchar esas manifestaciones, porque su función es promover siempre la búsqueda del bien común y la satisfacción de las necesidades de la población. Sería de lamentar que tratara de acallar esos movimientos o, peor aún, que intentara reprimirlos.

Queremos una ciudadanía viva, consciente de sus derechos, dispuesta a exigirlos con prudencia y sin violencia; y un gobierno tolerante, respetuoso, verdaderamente interesado en el bienestar, progreso y felicidad de quienes habitamos este país. Debemos ser menos los indignados y mayor el número de quienes nos podemos concentrar en paz en levantar nuestras familias, criar y educar a nuestros hijos y, llegado el momento, a retirarnos del ajetreo diario con una confiable situación económica. Todos queremos un mundo mejor donde vivamos en paz entre nosotros y con la naturaleza. ¿Es mucho pedir?