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16 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Paisajes de Calvit

C uando en 1933 Mario Calvit nació en Panamá, su futuro maestro de pintura, Juan Manuel Cedeño, recibía clases de Roberto Lewis junto a ...

C uando en 1933 Mario Calvit nació en Panamá, su futuro maestro de pintura, Juan Manuel Cedeño, recibía clases de Roberto Lewis junto a sus compañeros de la segunda generación de artistas plásticos nacionales. Esa influencia y la inclinación hacia el inspirador escenario natural, quedaron marcadas en sus sucesores, pese a las tendencias poco figurativas de inicios del siglo XX.

Calvit obtuvo su formación pictórica y comenzó una carrera que suma 60 años de creatividad, de experimentar nuevas formas, de promotor cultural, de dominio de artes colaterales como la escultura, la serigrafía, la ilustración de textos literarios y el grabado. Su trabajo está presente en salas y museos desde 1955, tanto en muestras individuales como colectivas.

Hace unas semanas inauguró una exposición de más de treinta óleos en la galería Artegma, dedicada en general a los paisajes.

La principal característica, es la multiplicidad de técnicas con las que se acerca a este referente, influido por la capacidad expresiva de la naturaleza, sobre todo en las costas y en escenarios fluviales, que motivan ensayar diferentes expresiones que centran su atención.

Su mundo está vinculado a sus largos periodos de permanencia en la región rural de Coclé, sobre todo en los ecosistemas marinos, cuyo colorido está presente en su obra.

Por esa razón ha evolucionado desde las manchas abstractas, hacia variantes surrealistas con figuras deformadas de equinos, humanos con cabezas de formas muy subjetivas en ambientes playeros y en la actualidad, estos paisajes sin seres vivientes.

La propuesta de este pintor incluye un estudio o acercamiento a rincones específicos o micro escenarios con una estructura sencilla compuesta de tres elementos.

En la parte superior, el espacio que puede ser el cielo, la bóveda celeste y elementos como el sol o la luna. Abajo, el suelo, el lecho de un río, la arena arremolinada y en el centro un arbusto, una planta o aquello que es el sujeto de cada cuadro.

La mano firme del pintor ha jugado entonces con la opción que se basa en trazos con la paleta, perceptibles a la vista o por el contrario, manchas uniformes que dan sencillez a la imagen, casi como fotográfica.

Este modelo no funciona en algunos ejemplares, donde sobre la misma base, ha jugado con el pincel, al reducir los detalles y en la síntesis, impone los colores para marcar las diferencias de elementos.

Calvit ha conjugado así en la treintena de cuadros, un acercamiento múltiple –diferentes miradas- al mismo objeto de inspiración y nos involucra para que afinemos el ojo y se establezca la diferencia entre los posibles espacios y lugares que se abren al frente. A veces un estuario, un promontorio, un conjunto de raíces de mangles con formas singulares, las olas que rizan la playa; o los diferentes momentos del día.

Por esa razón hay tonalidades variadas en la muestra expuesta. A veces sus paisajes son rojizos; rosados o grisáceos tras la abstracción. Sus suelos adquieren coloraciones plomizas, grises, chocolates y plantea un celeste en la bajamar, mientras que tonos rosados en las mañanas tras los arrecifes.

La cantidad de propuestas pudiera ser un riesgo para un pintor, pues puede repetirse. No sucede esto con este artesano que conoce muy bien su oficio creativo. Por esa razón, agrega ejemplos de artesanía muerta, en jarrones o también en vasos rectangulares con flores expresivas.

Hay una calidad artística en el trabajo de Calvit, que le hace partir de motivos sencillos y a través de su alquimia generadora, variar los valores y convertir sus composiciones en estos estimulantes fragmentos playeros llenos de sensibilidad.

PERIODISTA