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22 de Sep de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Voto electoral

E mpiezan las pujas y repujas y se rasgan los vestidos sobre lo que debemos hacer para salvaguardar la democracia, como si fuera una sem...

E mpiezan las pujas y repujas y se rasgan los vestidos sobre lo que debemos hacer para salvaguardar la democracia, como si fuera una sembrado de maíz que la lluvia puede marchitar. La gente se aburre con eso de la democracia, que es ‘el gobierno de todo el pueblo’, pero como no podemos postularnos todos, armamos partidos y promovemos candidatos y bueno, alguien gana a presidente y los demás puestos de elección. Así tenemos que aguantar cinco años mal representados y algunos hasta se reeligen.

Los partidos grandes siempre logran posiciones y con esa sorna del voto plancha, salen indeseables que tenemos que soportar, porque para ser candidato no se necesita leer ni escribir. Pensemos en circuitos plurinominales y la postulación de varios candidatos a lo mismo, entonces a la hora de contar los votos, se favorecen a los primeros en la lista, si el partido saca una cantidad superior, salen por cociente y otros por residuos. Esta es la vagabundería dicha a grandes rasgos.

Ahora escuchamos las voces agoreras sobre las próximas elecciones y el desangrado en esta inmolación de honradez que gozamos y sobre esa tradición de orden y compostura sobre lo relativo al proselitismo, convertido en un ser atávico, montado en la fiebre electorera. Se ven una mañana en el espejo y de inmediato se sienten candidatos y lo demás es asunto de organización, sin tomar en cuenta que una candidatura a diputado cuesta varios cientos de miles, aparte del partido que lo cobije, que puede ser que pida su parte de apoyo económico en estos tiempos en que las cosas están duras.

‘Cuánto tienes, cuánto vales’ en política y si eres un líder natural o acicalado por el reputado estudio y profesional, entonces puedes pedir apoyo, porque parece más una inversión de negocios que el idealismo por servir a la patria y a la sociedad. Les digo que esto de la fiebre electorera es cada tres años y en algunos casos la vida entera. Parece curioso el desgañite escandaloso en las tertulias televisivas o los ágapes radiales, más las largas reuniones en los cafés sobre lo que prometen los candidatos que es lo mismo sobre salud, habitación, trabajo, seguridad, escuela, y ahora con otras novedades sobre preparación profesional, el fugaz adiestramiento obrero, becas, subsidios y demás hierba aromáticas.

Tenemos un curioso Tribunal Electoral, que es un cuello de botella jurídico, porque todo lo resuelven los tres magistrados, apoyados febrilmente inútil por una Fiscalía General con otros dos fiscales adjuntos y distribuidos en toda la República, con secretarías en las cabeceras de cada provincia. Por supuesto que su esfuerzo es infecundo, ante la avalancha de los extremos que se dan en estos avatares y los excesos de los engreídos que se creen semidioses, como si el título que ostentan es de tal legalidad que los hace olvidar las picardías que se tienen que hacer desde la fiebre hasta el peldaño que alcanzan, los que llegan al final. Nadie se ha puesto a pensar qué les pasa a los que pierden, sí, de esos que quedan arruinados sin poder explicar las toneladas de promesas recíprocas entre los que piden el voto y los que los ofrecen, siempre con la esperanza de un puesto, una beca, unos billetitos, varias hojas de zinc, bloques, cemento y cuanta cosa se le pueda ocurrir a usted.

Retomando el tema, porque ahora todo es democracia, un nombre rimbombante, aunque es simplemente una actividad fluida, constante, muy parecida a la moral, que impone no hacer lo que no quieres que te hagan. Es actuar como manso sin ser menso; sembrar un bien para cosechar un bien; escuchar y ser escuchado; equilibrar las fuerzas; cambiar el fusil por el diálogo; alcanzar la justicia para todos, para que los pobres tengan el mismo derecho que los ricos. Usted tiene que tolerar a los demás para que ellos lo toleren, para que todos tengamos el mismo valor moral sin importar etnias. Para saber escuchar a los que tienen otras preferencias siempre que se manejen con discreción, para que nadie haga de la caridad un negocio.

Lo cierto es que en democracia todos los votos tiene el mismo valor moral, lo que significa que no se puede comprar votos, que no se puede engañar para lograr votos, y menos comerciar con los votos. El voto es la antorcha de la democracia y es el material más preciado para reservarla.

Claro que hay actividades que distorsionan el valor moral del voto, como la publicidad masiva, aquellos mensajes subliminales, en donde la personalidad del sujeto se impone ante otras realidades como la efectividad de su gestión, o que los partidos se valen de las circunstancias para cobijar debajo de sus insignias a personas que se registran como aliados, pero que a la hora de votar no van o votan por otro. Esto se sabe porque se vocinglean la cantidad de adherentes y las leyes corruptas permiten que, aunque el voto es secreto hasta la santidad, existan las encuestas y permiten que los votantes vayan a las urnas con sus distintivos para que todo el mundo sepa por quien va a votar.

Pedimos que lo delegados puedan allanar los lugares en donde compran votos y acabar con esa sarna; pedir la cédula a los transeúntes el día de las elecciones, para cerciorase que no está empeñada o secuestrada, después les digo más.

ABOGADO Y PROFESOR UNIVERSITARIO.