27 de Sep de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Entre la guerra y la educación

Las diferencias que se dieron esta semana pasada entre la ministra de Educación, Lucy Molinar, y el ministro de Seguridad, José Raúl Mul...

Las diferencias que se dieron esta semana pasada entre la ministra de Educación, Lucy Molinar, y el ministro de Seguridad, José Raúl Mulino, van mucho más allá de si la fuerza pública se coló entre los estudiantes que desfilaban por la calle 50 en las celebraciones del pasado 4 de Noviembre. Más allá de si Mulino le dijo que tenía dos opciones. De que si era un asunto que ‘había que tratar en casa’, como señaló el presidente Martinelli.

En la nota titulada ‘Roce entre Mulino y Lucy: las diatribas del Gabinete’, publicada el viernes pasado en este diario, se puntualizó que: ‘El roce es visto por sectores y analistas políticos como una réplica en público de lo que sucede en privado en la mesa del poder Ejecutivo’. Estos observadores le dan forma a las diferencias entre miembros del equipo de gobierno en el marco del escenario político actual, las conversaciones para dirimir el asunto de la Zona Libre y las futuras elecciones. Las opiniones, en su mayoría, giraban en torno a que si la ministra salía o no salía del gobierno por lo que aparenta ser su creciente incomodidad por las decisiones y hechos que ha cometido su gobierno, más en actividades de represión policial contra la población durante actos de protesta. Muchas personas tienden a simplificar las cosas o, yo soy demasiado enredado en mis observaciones.

Hay dos cosas en que debemos enfocarnos sobre lo ocurrido durante los desfiles patrios. La primera es la actitud del ministro Mulino que, a estas alturas, a nadie debe sorprender y el mismo ministro parece estar cómodo con el papel que las circunstancias le han dado la oportunidad de jugar a estas alturas de su vida. Él sabrá cómo determina su legado. Al fin y al cabo ese es asunto de él. Eso es importante porque para las personas que tienen la oportunidad de darle forma y dirigir su aporte personal para moldear el contexto social en harás de procurar un mejor futuro para muchos, muchas veces, optan por el camino equivocado, a pesar de que las evidencias históricas les señalan el camino.

El despliegue por más de una hora de cientos de jóvenes militares por toda la calle 50 —bien uniformados, con sus equipos, pertrechos y armamentos—, va en franca contradicción con lo que este país (o cualquier país que trata de salir del subdesarrollo) debe motivar. Las amenazas en la frontera colombo-panameña es el argumento difundido matrimoniado con la lucha contra las drogas. Esos dos temas son sumamente discutibles para justificar esta inversión en lo militar. Y si estuviera de acuerdo con esos argumentos, no veo razón alguna en semejante despliegue militar en un escenario civil y de celebraciones.

La educación es la clave para el desarrollo de las sociedades. Ni más ni menos. En países como el nuestro, no se necesitan ejércitos, mucho menos cuando es más responsable ejercer políticas internacionales de neutralidad, conforme a las responsabilidades como país en el manejo de la ruta canalera.

El mismo 4 de Noviembre, cuando se da este despliegue militar y las divergencias entre los dos ministros, Aaron B. O’Connell publicó un ensayo en el New York Times titulado ‘The permanente militarization of America’ (entiéndase Estados Unidos). En el ensayo O’Connell se refiere al discurso de despedida en 1961 del expresidente Eisenhower, en donde advertía sobre ‘el creciente poder en la vida estadounidense del complejo militar-industrial’ (‘growing power of the military-industrial complex in American life.’.). En el discurso, dice O’Connell, Eisenhower pidió ‘un mejor equilibrio entre lo militar y los asuntos domésticos, la política y la cultura’ (...) ‘advirtió que la guerra y la preparación para ella ocupaban, proporcionalmente, mucho tiempo de la vida nacional con graves repercusiones sobre la salud espiritual’.

He tenido serias reservas sobre el papel de la ministra Molinar: ‘Dime con quién andas y te diré quién eres’, reza el dicho. En muchos asuntos y decisiones que el gobierno ha tomado a lo largo de estos años, me hubiera complacido conocer su opinión tal cual hacia en su rol de periodista. Su silencio ha sido incómodo. Pero le aplaudo la raíz filosófica de su posición en este asunto de los desfiles.

Molinar subrayó el papel de los jóvenes estudiantes como principal durante las celebraciones. Si esos cientos de panameños de las fuerzas policiales que Mulino coló en el orden del desfile fueran reentrenados para ser educadores, estaríamos atendiendo una amenaza real. Por igual salario y entusiasmo, ese ejército pudiera reducir los salones de clases de 40 a 20 estudiantes en las áreas críticas para una mejor atención del estudiantado. Si lo que se invierte en lo militar fuera para consolidar el proceso educativo, estaríamos bien encaminados. En ese sentido, podría sugerir una larga lista de beneficios estratégicos mientras observamos a miles y miles de nuevos y motivados educadores desfilar con honor por las calles.

Molinar también atendió a las Bandas Independientes, una estructura social que muchos critican, pero que pocos llegan a entender el valor del trabajo que se puede hacer con esas capas sociales de crecimiento sociocultural. La policía rápidamente los dispersó a finales de la tarde, sin que algunos llegaran a la meta del desfile. Lo que se da aquí es un lucha generalizada entre políticas y pensamientos sociales; entre la guerra y la educación. Es complejo, no es un asunto sencillo para el análisis.

COMUNICADOR SOCIAL.